06/07/2026
México: jugamos como nunca... ¿y perdemos como siempre?
Hay frases que, por repetirse durante décadas, terminan convirtiéndose en parte de la cultura popular. En el fútbol mexicano hay una que duele porque retrata una realidad incómoda: "Jugamos como nunca y perdimos como siempre."
Cada cuatro años, el pueblo mexicano vuelve a creer. Se pintan las calles de verde, blanco y rojo; las familias se reúnen frente al televisor; los niños sueñan con levantar la Copa del Mundo y millones de aficionados vuelven a pensar que "ahora sí" ha llegado el momento.
Pero el desenlace casi siempre es el mismo: una eliminación que deja más preguntas que respuestas.
Como director técnico, resulta imposible aspirar al campeonato del mundo cuando el proyecto deportivo comienza con errores estructurales. El fútbol moderno no vive de la improvisación ni de los discursos patrióticos. Vive de procesos, disciplina, desarrollo de talento y competencia constante contra los mejores. Mientras otras potencias exportan jugadores a las ligas más exigentes del planeta, México sigue conformándose con una liga cómoda, económicamente poderosa, pero deportivamente limitada.
Y ahí aparece otro de nuestros grandes males: inflamos futbolistas antes de que demuestren grandeza.
Después de dos buenos partidos, un jugador ya vale millones. Tras un torneo destacado, ya es comparado con leyendas. La prensa, algunos directivos y hasta la afición construyen ídolos de papel que muchas veces no resisten la presión de un Mundial.
Se vende la ilusión antes que el rendimiento.
Se fabrica el marketing antes que la historia.
Se celebra la promesa antes que el logro.
El verdadero problema no es perder contra selecciones históricas. El problema es creer que somos potencia sin haber construido los cimientos para serlo.
Cada generación recibe la misma etiqueta: "la mejor selección de la historia". Y cuando el Mundial termina, también llega el mismo discurso: "se luchó", "se dejó todo en la cancha", "faltó suerte", "el arbitraje nos perjudicó".
Pero los campeones no viven de pretextos.
Los campeones generan resultados.
Como cronista deportivo, he visto generaciones enteras emocionarse hasta las lágrimas. He escuchado el Himno Nacional cantado con orgullo en cada Copa del Mundo y he sentido cómo un país entero detiene sus actividades durante noventa minutos. Esa pasión no existe en muchos lugares del planeta. México tiene una de las aficiones más fieles del mundo.
El problema es que esa fidelidad ha sido utilizada para vender esperanza en lugar de construir excelencia.
La afición merece más que campañas publicitarias.
Merece más que comerciales emotivos.
Merece más que discursos motivacionales.
Merece un proyecto serio.
Porque el talento mexicano existe. Lo que ha faltado durante décadas es la valentía para transformar un sistema que prioriza el negocio sobre la competencia.
Mientras sigamos creyendo que somos gigantes por tradición y no por resultados, seguiremos despertando del mismo sueño cada cuatro años.
El pueblo mexicano nunca ha dejado de creer.
Quizá quienes han dejado de creer en el verdadero cambio son quienes toman las decisiones.
Y mientras eso no ocurra, la frase seguirá persiguiendo al fútbol nacional como una condena que se niega a desaparecer:
Jugamos como nunca... y perdemos como siempre.
Por: Golden Boy
Jaime Sánchez