17/05/2026
Como operador de vehículo de emergencia y paramédico, cada accidente donde se ve involucrada una ambulancia nos golpea de una manera diferente. No solo vemos una unidad dañada; vemos el riesgo al que nos enfrentamos cada vez que encendemos códigos y salimos a ayudar. Hoy, con lo ocurrido en Nuevo Casas Grandes, queda nuevamente demostrado que quienes trabajamos en emergencias también somos vulnerables.
Muchas veces la ciudadanía piensa que una ambulancia solo “va rápido”, pero detrás de cada salida hay presión, adrenalina, responsabilidad y vidas dependiendo de segundos. Conducir una unidad de emergencia implica tomar decisiones rápidas en medio del tráfico, caminos difíciles y conductores que a veces no saben cómo reaccionar ante una sirena. Un pequeño error, una distracción o la falta de cultura vial puede terminar en tragedia.
Como paramédicos, estamos acostumbrados a llegar a escenas de accidentes para ayudar a otros, pero cuando una ambulancia se convierte en la víctima del accidente, el impacto emocional es fuerte. Porque arriba de esa unidad van compañeros, amigos, personas que dejaron a su familia en casa para servir a la comunidad. Y aun así, después de cada incidente, seguimos saliendo a cubrir emergencias, porque entendemos que alguien nos necesita.
Este tipo de hechos también debe servir para reflexionar sobre la importancia del respeto hacia los vehículos de emergencia. Ceder el paso no es un favor, es una acción que puede salvar vidas. Cada segundo cuenta para el paciente que va dentro de la ambulancia, pero también para la seguridad del personal que responde.
Hoy más que nunca, reconozco y valoro el trabajo de cada operador, técnico en urgencias médicas, bombero y rescatista que sale a las calles sin saber si regresará igual a casa. Que lo ocurrido en Nuevo Casas Grandes no solo quede como una noticia más, sino como un recordatorio de que detrás de cada ambulancia hay seres humanos arriesgando todo por ayudar a los demás.