Mente inquieta

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09/09/2022
09/09/2022

La Ciudad de los Pozos
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Aquella ciudad no estaba habitada por personas, como todas las demás ciudades del planeta. Aquella ciudad estaba habitada por pozos. Pozos vivientes… Pero pozos al fin.

Los pozos se diferenciaban entre sí, no sólo por el lugar en el que estaban excavados, sino también por el brocal (la abertura que los conectaba con el exterior).

Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos; pozos humildes de ladrillo y madera y otros más pobres, con simples agujeros pelados que se abrían en la tierra.

La comunicación entre los habitantes de la ciudad era de brocal a brocal, y las noticias corrían rápidamente de punta a punta del poblado.

Un día, llegó a la ciudad una “moda” que seguramente había nacido en algún pueblecito humano. La nueva idea señalaba que todo ser viviente que se preciara debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante no era lo superficial sino el contenido.

Así fue como los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaban de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros, más prácticos, se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos más optaron por el arte, y fueron llénándose de pinturas, pianos de cola y sofisticadas esculturas posmodernas. Finalmente, los intelectuales se llenaron de libros, de manifiestos ideológicos y de revistas especializadas.

Pasó el tiempo.

La mayoría de los pozos se llenaron hasta tal punto que ya no podían incorporar nada más.

Los pozos no eran todos iguales, así que, si bien algunos se conformaron, otros pensaron que debían hacer algo para seguir metiendo cosas en su interior…

Uno de ellos fue el primero. En lugar de apretar el contenido, se le ocurrió aumentar su capacidad ensanchándose.

No pasó mucho tiempo hasta que la idea empezó a ser imitada. Todos los pozos utilizaban gran parte de sus energías en ensancharse para poder hacer más espacio en su interior. Un pozo, pequeño y alejado del centro de la ciudad, empezó a ver a sus camaradas que se ensanchaban desmedidamente. Él pensó que si seguían ensanchándose de aquella manera, pronto se confundirían los bordes de los distintos pozos y cada uno perdería su identidad…

Quizá a partir de esa idea se le ocurrió que otra manera de aumentar su capacidad era crecer, pero no a lo ancho sino hacia lo más profundo. Hacerse más hondo en lugar de más ancho. Pronto se dio cuenta de que todo lo que tenía dentro de él le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo, tenía que vaciarse de todo contenido…

Al principio tuvo miedo al vacío. Pero luego, cuando vio que no había otra posibilidad, lo hizo. Vacío de posesiones, el pozo empezó a volverse profundo, mientras los demás se apoderaban de las cosas de las que él se había deshecho…

Un día, algo sorprendió al pozo que crecía hacia dentro. Dentro, muy adentro y muy en el fondo… ¡encontró agua! Nunca antes otro pozo había encontrado agua.

El pozo superó su sorpresa y empezó a jugar con el agua del fondo, humedeciendo sus paredes, salpicando sus bordes y, por último, sacando el agua hacia fuera.

La ciudad nunca había sido regada más que por la lluvia, que de hecho era bastante escasa. Así que la tierra que rodeaba el pozo, revitalizada por el agua, empezó a despertar. Las semillas de sus entrañas brotaron en forma de hierba, de tréboles, de flores y de tronquitos endebles que se convirtieron en árboles después…

La vida explotó en colores alrededor del alejado pozo, al que empezaron a llamar “el Vergel”. Todos le preguntaban cómo había conseguido ese milagro.

No es ningún milagro -contestaba el Vergel-. Hay que buscar en el interior, hacia lo profundo.
Muchos quisieron seguir el ejemplo del Vergel, pero desestimaron la idea cuando se dieron cuenta de que para ser más profundos tenían que vaciarse. Siguieron ensanchándose cada vez más, para llenarse de más y más cosas…

En la otra punta de la ciudad, otro pozo decidió correr también el riesgo de vaciarse…

Y también empezó a profundizar…

Y también llegó al agua…

Y también salpicó hacia fuera creando un segundo oasis verde en el pueblo…

¿Qué harás cuando se termine el agua? -le preguntaban.
No sé lo que pasará -contestaba-. Pero, por ahora, cuand más agua s**o, más agua hay.
Pasaron unos meses antes del gran descubrimiento. Un día, casi por casualidad, los dos pozos se dieron cuenta de que el agua que habían encontrado en el fondo de sí mismos era la misma…

Que el mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba la profundidad del otro. Se dieron cuenta de que se abría para ellos una nueva vida. No sólo podían comunicarse, de brocal a brocal, superficialmente, como todos los demás, sino que la búsqueda les había deparado un nuevo y secreto punto de contacto.

Habían descubierto la comunicación profunda que sólo consiguen aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar…

Jorge Bucay

09/09/2022

Dos Sacos
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Una antigua leyenda explica que tres hombres caminaban cargando, cada uno de ellos, con dos s**os sujetos a su cuello. Un s**o colgaba por la parte anterior del cuello y el otro por la parte posterior, sobre la espalda.

Cuando al primero le preguntaron qué había en sus s**os, dijo:

Todo lo bueno que me han dado mis amigos se halla en el s**o de atrás, ahí fuera de la vista. Por eso, al poco tiempo, me olvido de ello. El s**o de enfrente, contiene todas las cosas desagradables que me han acontecido, todas las ofensas que me han infligido y, en mi andar, me detengo con frecuencia, extraigo estas cosas y las miro desde todos los ángulos posibles. Me concentro en los elementos de mi s**o anterior, los estudio, dirijo todos mis pensamientos y sentimientos hacia ellos.
Su respuesta explicaba por qué el primer hombre avanzaba muy poco en su camino: se detenía siempre para reflexionar sobre cosas desafortunadas que le habían sucedido en el pasado.

Cuando preguntaron al segundo hombre qué era lo que llevaba en sus s**os, él respondió:

En el s**o de enfrente, están todas las buenas acciones que he hecho. Las llevo delante de mí y continuamente las ventilo y las exhibo para que todo el mundo las vea. En el s**o de atrás llevo cargados todos mis errores, las ofensas y pesares. Cargo siempre con ambos s**os dondequiera que vaya. Es mucho lo que pesan y no me permiten avanzar con rapidez, pero, por alguna extraña razón, no puedo desprenderme de ellos.
Al preguntarle al tercer hombre sobre sus s**os, él contestó:

El s**o que llevo delante está lleno de maravillosos pensamientos, acerca de la gente, los actos bondadosos que han realizado y todo lo bueno que he disfrutado en mi vida. Es un s**o grande y está lleno, pero no pesa mucho. Su peso es como las velas de un barco, lejos de ser una carga, me ayuda a avanzar. Por otro lado, el s**o que acarreo a mis espaldas está vacío, puesto que le he hecho un gran orificio en el fondo. En éste, pongo todo lo malo que escucho sobre los demás y sobre mí mismo. Todas estas cosas van saliendo por el agujero y se pierden para siempre, de modo que no hay peso que me haga más penoso el trayecto.
Podemos elegir el sendero que queremos recorrer. Podemos elegir con qué equipaje viajar. Nosotros decidimos qué cargamos y qué dejamos. Somos responsables de las consecuencias que se derivan de nuestras elecciones

09/09/2022

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Las Palabras de Juan
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Había una vez un muchacho de unos 13 años que vivía en un pueblo lejano donde salía poco el sol. Era un chico normalmente amable, callado, cuando hablaba lo hacía en bajito, hablaba poco, aunque tenía muchas cosas que decir. Sentía mucha vergüenza cuando estaba con otra gente, sentía miedo cuando otros gritaban, creía que los demás eran más fuertes que él, aunque medía un metro noventa y era de complexión fuerte. Le daba vergüenza decir cosas en clase porque creía que sus compañeros se reirían de él. Desde muy pequeño se había sentido solo, de hecho nunca había tenido lo que se podía llamar un amigo, y conforme fue creciendo fue aumentando este sentimiento de soledad y, al mismo tiempo, fue invadiendo su mente una gran tristeza.

Cuando alguien le preguntaba: ¿Cómo estás? ¿Cómo van los estudios? O cualquier otra cosa sus respuestas no eran más largas de sí, no, bien, vale, bueno… con un hilillo de voz o bien bajaba la mirada ruborizado y asentía con la cabeza o mostraba una mirada que quería perderse y perderse…

Después de las clases volvía a casa con prisas evitando encontrarse con alguien. A veces cuando se enfadaba, se ponía furioso pero cuando nadie lo veía. No sabía porqué no tenía amigos, él siempre había sido un chico amable y respetuoso con los demás, pero lo cierto era que cuando estaba con otros niños sólo sabía decir sí y no, los niños se cansaban de él y se alejaban. El muchacho sufría mucho y cada vez le daba más miedo acercarse a los demás. No sabía cuál era su mal, cada día se miraba al espejo para encontrar en él la causa del rechazo. Nadie sabía de la gran potencia de sus miedos ni de su sufrimiento; conforme crecía aumentaban y no encontraba ninguna solución.

En su último cumpleaños le regalaron una bicicleta pero no sabía montar y pensaba que nunca aprendería. Qué rabia, parecía que para los otros era facilísimo. Probó a pedalear pero perdía el equilibrio y se caía una y otra vez. Y esa torpeza aumentaba su congoja porque él imaginaba que si podía montar en bicicleta podría ir por ahí con los demás, podría acercarse a ellos y compartir aquellos buenos ratos de diversión, aquellas correrías de las que tanto hablaban sus compañeros de clase; podría, al fin, se uno más. Simplemente eso, ser uno más entre todos. Lo intentaba, pero no lo conseguía: cuanto más empeño ponía en cada intento el batacazo era más gordo, notaba que se ponía más y más rígido, ya ni se acordaba de aquellos consejos que le habían dado. Al rato, magullado y dolorido, se dio cuenta de que algunos chicos miraban sus torpes intentos y no hacían más que partirse de la risa. No oía lo que decían ni entendía las burlas, pero aquello fue definitivo: la cara se le puso como un tomate y no fue capaz de volver a subir a la bicicleta. No lo haría más, le daba vergüenza que lo vieran montar en bicicleta.

Transcurridos unos días se le fue pasando el sofoco. Le costó, pero acabó decidiendo volver a probar, aunque en esta ocasión buscaría un sitio más alejado, donde nadie pudiera verle. Así que inspeccionó las afueras del pueblo hasta encontrar un lugar adecuado. Allí, solo, haciendo de tripas corazón, montó en bicicleta. Pero ni siquiera tener tiempo de impulsar la primera pedalada vio a un niño más pequeño que jugaba con un monopatín.

Vaya, se dijo, ni aquí voy a poder estar tranquilo. ¡Qué fastidio!
Tan sorprendido estaba de la presencia del otro chico que apenas se dio cuenta de que éste, tras hacer una extraña pirueta, cayó al suelo y se quedó inmóvil. ¡Vaya porrazo!, pensó, pero enseguida le vinieron a la cabeza las escenas de la otra vez y empezó a enfadarse por momentos.

¡Venga, no disimules que te he visto!, gritaba para sus adentros mientras, en uno de sus accesos de furia, se dirigía hacia el intruso. – ¡Ya está bien de reírte de mí! Pensaba una y otra vez.
Cuando llegó junto a él vio que el muchacho no se movía, pero empezó a gritarle, dando rienda suelta su descomunal enfado. Nada, ni caso, el niño no reaccionaba. Le tocó y se dio cuenta de que estaba inconsciente.

Sin pensarlo, el muchacho montó en la bicicleta y se fue a toda velocidad a pedir ayuda. Pasados unos minutos se percató de que iba pedaleando y, al darse cuenta, casi se cae; pero se sobrepuso a su miedo, volvió a acordarse del niño del monopatín que se había quedado allí desmayado y las ganas de ayudarle le dieron nuevas fuerzas e hicieron que volviera a pedalear a toda pastilla, sin hacer caso de nada más. Entre unas cosas y otras, se estaba haciendo de noche, no lo había notado pero casi no veía el estrecho camino que conducía la pueblo. Menos mal que ya habían encendido el alumbrado público y, a lo lejos, se divisaba el tenue resplandor de las primeras farolas. Con la escasa iluminación el niño apenas iba sorteando las piedras y los baches, rodaba tan concentrado en esquivarlas que no recordaba su escasa pericia ciclista. En esto, se produjo una especie de destello y el lejano resplandor se extinguió.

Vaya, nos hemos quedado a oscuras y, encima, no sé montar en bici, masculló en voz alta.
Cuando fue consciente de lo que había dicho perdió el equilibrio y fue a parar a la cuneta. En medio de la oscuridad, con la bicicleta en el suelo y un fuerte dolor en el hombro, tuvo otro acceso de furia y se sentó, llorando, en el terraplén del camino.

Ni esto sé hacer, no puedo ayudar a nadie, no sirvo para nada, se decía entre sollozos. Se levantó, cogió la maltrecha bicicleta y echó a andar. – Así no llegaré nunca y el niño sigue tendido en el suelo… pero, bueno, si he llegado hasta aquí puedo continuar, sepa o no montar en bici he de encontrar ayuda.
Titubeando, volvió a ocupar el sillín y emprendió un inseguro pedaleo. Con cuidado, para no volver a caerse. Notó que le dolía mucho el hombro y que casi no podía mover la mano.

Da igual, si no sé frenar… tengo que seguir.
Poco más adelante empezó a divisar unas luces extrañas que se movían, unos haces de luz que se desplazaban en todas las direcciones y estuvo a punto de caerse de nuevo, pero pudo mantener la posición agarrando firmemente el manillar, hasta que también empezó a oír unas voces qe gritaban un nombre desconocido para él. Sin duda eran los padres del niño herido que, preocupados por su tardanza y asustados por el apagón habían salido a buscarle. Al doblar un recodo vio a varias personas que, provistas de linternas, escudriñaban la oscuridad y nombraban al muchacho.

Así que era eso, los rayos de luz eran las linternas… por fin he llegado.
Apenas tuvo tiempo de gritar, exhausto del esfuerzo y de la tensión. Lo había conseguido y se dejó llevar, con tanta satisfacción que se olvidó de que conducía una bicicleta y que no sabía montar… así que se pegó el último trompazo. Como en un sueño, se levantó sin notar siquiera si se había hecho daño y comenzó a contar a los adultos que se acercaban a él todo lo que había pasado y donde estaba el niño al que buscaban. Después respiró hondo: sabía montar en bici, ¡qué pasada!

Gracias a su valentía llegó la ayuda necesaria para el niño, sus padres se lo agradecieron de todo corazón.

Al regreso hacia su casa notó una sensación extraña que crecía en su interior: entonces la expresión de su cara cambió. ¡Sabía montar en bicicleta como los demás! A partir de entonces la cogía y se perdía por los caminos. A veces, cuando veía un grupito de niños en bici se unía un rato a ellos mientras pedaleaban, pero en cuanto dejaban las bicis y se ponían a hablar con él ya no sabía lo qué tenía que decir… Si le miraban o le preguntaban algo aparecía ese calor en la cara que tanto le agobiaba y que le hacía sentirse diminuto.

Así transcurrieron unos meses y llegaron las vacaciones que ansían la mayoría, pero que para él era empeorar porque ya no veía a sus compañeros de clase; a él nadie iba a buscarlo y era incapaz de tomar cualquier iniciativa para contactar con sus compañeros. En esas fechas su mundo de relaciones eran su madre y él parecía una lapa pegado a ella. Cuando no estaba con ella pasaba largas horas en su habitación, su juego preferido al que dedicaba muchas horas era rebotar contra una pared una pelota de tenis. Era su manera de descargar su tormento. Entonces el paso del tiempo se hacía insoportable hasta el punto de castigar a todos los relojes a su vista cara a la pared para no ver que sólo habían pasado unos minutos. Su sentimiento de soledad y de bicho raro se hacía más grande y su tristeza era entonces desgarradora.

Un día su madre enfermó. Le entró un miedo enorme. Su madre era la única persona que lo entendía un poco, aunque no hablara mucho ella sabía lo que necesitaba, lo que quería decir, sabía cómo se sentía, sabía que se sentía solo… Con ella paseaba, con ella hablaba un poco. Era la única persona de la que se fiaba… Su padre era un padre que, como muchos padres, trabajaba demasiado y siempre estaba ocupado.

Su madre se puso tan enferma que tuvo que marcharse al hospital. ¿Qué iba a ser de él? En su cabeza todo se volvía de color negro. Se le quitó el hambre, sólo quería dormir, que pasara el tiempo y no pensar, ahora también estaba solo en casa. ¿Qué pasaría con su madre? Pero los minutos se le hacían horas, las horas días y los días se le hacían tan largos que parecían semanas. Estaba realmente asustado, cada vez dormía menos. ¿Qué haría él sin su madre?

Una noche tuvo un sueño: estaba sentado a la sombra de un árbol fuerte al que poco a poco empezaron a caérsele las hojas. Al principio, solo notaba la molestia que le producían las hojas al caerle encima, sobre todo cuando alguna le daba en la cara, ¡qué incomodidad! Al rato, empezó a sentir un picor en el rostro, miró hacia arriba y vio que el árbol se estaba quedando sin hojas y los rayos del sol le alcanzaban directamente. Era una sensación insoportable: bajo ese árbol sin hojas el sol quemaba demasiado y allí no se podía estar, era necesario buscar otras sombras o de lo contgrario se quemaría. Miró a su alrededor, a lo lejos se vislumbraban claramente otros árboles aunque todos le parecían estar demasiado lejos. ¿Estarán ocupados esos árboles? ¿A quién darán sombra? ¿Como será su sombra? Demasiadas preguntas sin saber su respuesta. El miedo no le dejaba darse cuenta de que el árbol ya no le podía proporcionar nada de sombra y empezaba a quemarse. Entonces se preguntó: “¿Adonde voy a ir ahora? ¿Dónde voy a encontrar refugio? ¿Quién me va a proteger a partir de ahora?”.

El desasosiego le hizo revolverse en el lecho de forma agitada y acabó despertándose, sudando y desconcertado. Se sentó en la cama con la respiracíon entrecortada, no sabía donde estaba, todo era muy oscuro a su alrededor. Pasados unos minutos pudo tranquilizarse y pensó en su sueño: había tenido una pesadilla pero se dio cuenta de que había una parte de claridad en la que veía posibilidades. Existían más árboles aunque le había parecido muy lejanos. Era cuestión de moverse, de caminar y acercarse a ellos. Podía ir deprisa o poco a poco, dependía de sus fuerzas. Lo importante era que había posibilidad de encontrar otras sombras. Es necesario probar:

Seguro que algunos árboles me pueden gustar aunque haya otros que me resulten desagradables.
Su sueño le llevó a pensar con qué personas tenía relación. Recordó que hacía un tiempo había conocido a una chica con la que él solo había intercambiado su repertorio habitual: bien, si, no, bueno, vale. Pero ella le había dado su dirección y pensó: escribir es más fácil que hablar directamente. También se animó a salir más en ici y aunque no tuviera mucho que decir, escucharía lo que dicen otros. Le habían hablado que podría aprender trucos para hacer frente a la vergüenza y estaba convencido de que tenía que esforzarse para aprenderlos. Tendría que hacerlo poco a poco pero lo lograría. Creía que no conseguiría montar en bici y ya pedaleaba con seguridad, era cuestión de insitir y no abandonar a la primera dificultad.

Cuando se levantó se sentía más tranquilo, sabía qué podía hacer para empezar a sentirse uno más.

Su madre regresó del hospital ya un poco recuperada y lo encontró cambiado, la mirada se lo decía, su hijo había crecido. Cuando llegaron las siguientes vacaciones ya no le hizo falta castigar los relojes cara a la pared.

Ya no necesito ser siempre su sombra -pensó.
En la actualidad nuestro amigo es una persona de pocas palabras: sí, no, bien, vale, bueno, ¡hola! ¿cómo estás?… pero son los demás los que más valoran lo que es tener un amigo que sabe escuchar.

Gema Berenguer

09/09/2022

Dar y Recibir
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Había una vez, en las afueras de un pueblo, un árbol enorme y hermoso que generosamente vivía regalando a todos los que se acercaban el frescor de su sombra, el aroma de sus flores y el increíble canto de los pájaros que anidaban entre sus ramas.

El árbol era querido por todos en el pueblo, pero especialmente por los niños, que se trepaban por el tronco y se blanceaban entre las ramas con su complicidad complaciente.

Si bien el árbol tenía predilección por la compañía de los más pequeños, había un niño entre ellos que era su preferido. Éste aparecía siempre al atardecer, cuando los otros se iban.

Hola amiguito -decía el árbol, y con gran esfuerzo bajaba sus ramas al suelo para ayudar al niño en la trepada, permitiéndole además cortar algunos de sus brotes verdes para hacerse una corona de hojas aunque el desarro le doliera un poco. El chico se balanceaba con ganas y le contaba al árbol las cosas que le pasaban en la casa.
Con el correr del tiempo, cuando el niño se volvió adolescente, de un día para otro dejó de visitar al árbol.

Años después, una tarde, el árbol lo ve caminando a lo lejos y lo llama con entusiasmo:

Amigo… amigo… Ven, acércate… Cuánto hace que no vienes… Trepa y charlemos.
No tengo tiempo para esas estupideces -dice el muchacho.
Pero… disfrutábamos tanto juntos cuando eras chico…
Antes no sabía que se necesitaba dinero para vivir, ahora busco dinero. ¿Tienes dinero para darme?
El árbol se entristeció un poco, pero se repuso enseguida.

No tengo dinero, pero tengo mis ramas llenas de frutos. Puedes subir y llevarte algunos, venderlos y obtener el dinero que quieres…
Buena idea -dijo el muchacho, y subió por la rama que el árbol le tendió para que trepara como cuando era pequeño.
Luego arrancó todos los frutos del árbol, incluidos los que todavía no estaban maduros. Llenó con ellos unas bolsas de arpillera y se fue al mercado. El árbol se sorprendió de que su amigo no le dijera ni gracias, pero dedujo que tendría urgencia por llegar antes que cerraran los compradores.

Pasaron casi 10 años hasta que el árbol vio otra vez a su amigo. Era un adulto ahora.

¡Qué grande estás! -le dijo emocionado-; ven, súbete como cuando eras chico, cuéntame de ti.
No entiendes nada, como para trepar estoy yo… Lo que necesito es una casa. ¿Podrías acaso darme una?
El árbol pensó unos minutos.

No, pero mis ramas son fuertes y elásticas. Podrías hacer una casa muy resistente con ellas.
El joven salió corriendo con la cara iluminada. Una hora más tarde, llegó con una sierra y empezó a cortar ramas, tanto secas como verdes. El árbol sintió el dolor, pero no se quejó. No quería que su amigo se sintiera culpable. Una por una, todas las ramas cayeron dejando el tronco pelado. El árbol guardó silencio hasta que terminó la poda y después vio al joven alejarse esperando inútilmente una mirada o gesto de gratitud que nunca sucedió.

Con el tronco desnudo, el árbol se fue secando. Era demasiado viejo para hacer crecer nuevamente ramas y hojas que lo alimentaran. Quizás por eso, cuando 10 años después lo vio venir, solamente dijo:

Hola. ¿Qué necesitas esta vez?
Quiero viajar. Pero, ¿qué puedes hacer tú? No tienes ramas ni frutos para vender.
Qué importa hijo -dijo el árbol-, puedes cortar mi tronco, total yo no lo uso. Con él podrías hacer una canoa para recorrer el mundo.
Buena idea -dijo el hombre.
Horas después volvió con una hacha y taló el árbol. Hizo su canoa y se fue. Del árbol quedó solo el pequeño tacón a ras del suelo.

Dicen que el árbol aún espera el regreso de su amigo para que le cuente su viaje. Nunca se dio cuenta de que ya no volverá. El niño ha crecido y esos hombres no vuelven donde no hay nada para tomar. El árbol espera, vacío, aunque sabe que no tiene nada más para dar.

Jorge Bucay,

09/09/2022

La Tristeza y la Furia
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En un reino encantado donde los hombres nunca pueden llegar, o quizá donde los hombres transitan eternamente sin darse cuenta…

En un reino mágico donde las cosas no tangibles se vuelven concretas… Había una vez un estanque maravilloso.

Era una laguna de agua cristalina y pura donde nadaban peces de todos los colores existentes y donde todas las tonalidades del verde se reflejaban permanentemente…

Hasta aquel estanque mágico y transparente se acercaron la Tristeza y la Furia para bañarse en mutua compañía. Las dos se quitaron sus vestidos y, desnudas, entraron en el estanque.

La furia, que tenía prisa (como siempre le ocurre a la furia), urgida -sin saber porqué-, se bañó rápidamente y, más rápidamente aún, salió del agua… Pero la furia es ciega o, por lo menos, no distingue claramente la realidad. Así que, desnuda y apurada, se puso, al salir, el primer vestido que encontró… Y sucedió que aquel vestido no era el suyo, sino el de la tristeza…

Y así, vestida de tristeza, la furia se fue.

Muy calmada, muy serena, dispuesta como siempre a quedarse en el lugar donde está, la tristeza terminó su baño y, sin ninguna prisa -o, mejor dicho, sin conciencia del paso del tiempo-, con pereza y lentamente, salió del estanque.

En la orilla se dio cuenta de que su ropa ya no estaba. Como todos sabemos, si hay algo que la tristeza no le gusta es quedar al desnudo. Así que se puso la única ropa que había junto al estanque: el vestido de la furia.

Cuentan que, desde entonces, muchas veces uno se encuentra con la Furia, ciega, cruel, terrible y enfadada. Pero si nos damos tiempo para mirar bien, nos damos cuenta de que esta furia que vemos es sólo un disfraz, y que detrás del disfraz de furia, en realidad, está escondida la Tristeza.

Jorge Bucay

EL CAMELLO SIN CUERDAEstaba a punto de caer el sol y la caravana se preparó para pasar la noche en el desierto. El mucha...
09/09/2022

EL CAMELLO SIN CUERDA
Estaba a punto de caer el sol y la caravana se preparó para pasar la noche en el desierto. El muchacho encargado de los camellos se acercó al guía y le dijo: Señor, tenemos un problema. Hay un total de 20 camellos, pero solo tengo 19 cuerdas.¿Cómo podemos solucionarlo?
El guía quiso tranquilizar al joven diciéndole: No te preocupes, los camellos no son muy listos. Acércate al que ha quedado suelto y haz como si lo atases. Verás que se quedará allí quieto, como si en realidad le hubieses puesto una cuerda alrededor del cuello y de las patas.
Siguió su consejo y, a la mañana siguiente, cuando la caravana volvió a ponerse en marcha, todos los camellos comenzaron a avanzar en fila.Todos, menos uno.
Señor, hay uno de los animales que no quiere caminar esta mañana, le dijo el chico encargado de la manada al guía.
El guía preguntó: ¿Es por casualidad, el que se quedó sin soga?, el joven sorprendido le respondió: Sí, ¿cómo lo sabe?, continuó extrañado el jovenzuelo. Ve y haz como que lo desatas, si no creerá que aún está trabado. Por eso no quiere caminar, le explicó el guía.
Acto seguido, el camello creyéndose desatado, se echó a andar...
Este cuento ilustra de qué forma los límites, no los impone la realidad, sino nuestra propia mente.
-Cuento popular árabe

FRASES INTERESANTES  DE FRIEDRICH  NIETZSCHE Nietzsche no tuvo una vida sencilla y quizás eso le llevó a tener tiempo pa...
28/03/2021

FRASES INTERESANTES DE FRIEDRICH NIETZSCHE
Nietzsche no tuvo una vida sencilla y quizás eso le llevó a tener tiempo para pensar y para desarrollar sus ideas. Además, seguramente sus circunstancias influyeron en su pensamiento. Cuando tenía 44 años tuvo un colapso y comenzó a perder sus facultades mentales. El resto de su vida lo pasó al cuidado de su madre y hermana, hasta que falleció en 1900.
*Cualquiera que luche contra monstruos debería procurar no convertirse en uno en el proceso.
*El éxito siempre ha sido un gran mentiroso.
*Amamos la vida, no porque estemos acostumbrados a vivir, sino porque estamos acostumbrados a amar.
*Cada vez que crezco, soy perseguido por un perro llamado “ego”
*El mundo real es mucho más pequeño que el imaginario.
*Vivir es sufrir, sobrevivir es encontrar algo significativo en el sufrimiento.
*El que no puede dar nada, tampoco puede sentir nada.

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