14/08/2026
Ser director de un centro educativo no debería significar pasar gran parte del tiempo tocando puertas, pidiendo apoyo, gestionando ante políticos, empresas privadas y personas particulares para conseguir lo básico que nuestros estudiantes necesitan.
Pero quienes estamos al frente de una institución educativa sabemos que la realidad muchas veces es diferente.
Uno termina convirtiéndose en gestor, promotor, organizador, albañil, electricista, motivador, recaudador y hasta en “el que anda pidiendo”, simplemente porque existe un compromiso con los niños y jóvenes y porque no queremos conformarnos con ver cómo nuestras escuelas se deterioran o cómo nuestros estudiantes reciben clases en condiciones que no son dignas.
Y lo más difícil es que, en ocasiones, por gestionar apoyo también recibimos críticas, señalamientos e incluso ofensas. Se cuestiona al director por pedir, pero pocas veces se pregunta cuánto esfuerzo hay detrás de cada actividad, cada gestión y cada puerta que se toca.
Quiero dejar algo claro: un centro educativo no es propiedad del director, ni de los docentes. Es de la sociedad.
Cada pupitre, cada aula, cada espacio deportivo, cada equipo, cada proyecto y cada mejora que conseguimos no es para beneficio personal. Es para nuestros estudiantes y para las generaciones que vienen.
Como docentes nuestra verdadera misión debería ser enseñar, formar, orientar, acompañar y transformar vidas. Nuestro tiempo y nuestra energía deberían estar concentrados principalmente en la verdadera educación de nuestros niños y jóvenes, no en pasar días enteros buscando recursos para resolver necesidades que deberían estar garantizadas.
Sin embargo, mientras esa realidad no cambie, seguiremos gestionando.
No porque nos guste andar pidiendo.
No porque busquemos protagonismo.
No porque tengamos algún interés personal.
Lo hacemos porque detrás de cada gestión hay un estudiante que merece mejores condiciones para aprender.
Y aunque algunos solo vean al director “pidiendo ayuda”, nosotros sabemos que detrás de cada puerta tocada hay sacrificio, preocupación, compromiso y amor por la educación.
Ojalá algún día los directores podamos dedicar la mayor parte de nuestro tiempo a lo que realmente nos corresponde: liderar pedagógicamente, acompañar a nuestros docentes y garantizar una educación de calidad, sin tener que convertirnos en gestores permanentes de las necesidades básicas de nuestras escuelas.
Porque pedir apoyo para una escuela no debería ser motivo de vergüenza. Vergüenza sería saber que nuestros estudiantes necesitan algo y tener la posibilidad de gestionarlo, pero decidir no hacerlo por miedo a las críticas.
Mientras haya estudiantes que lo necesiten, seguiremos tocando puertas.
Porque no gestionamos para nosotros. Gestionamos para ellos.