28/09/2026
___EL DINERO, ¿MAL O HERRAMIENTA? ___
CUANDO EL DINERO PROMETE FELICIDAD… PERO EL ALMA SIGUE VACÍA
Hay personas que pasan la vida convencidas de una idea muy sencilla: si algún día logran tener mucho dinero, entonces sí van a ser felices. Creen que la tranquilidad está en una cuenta llena, que la paz se compra con propiedades y que la alegría llegará cuando ya no falte nada en la mesa. Así pasan los años trabajando, corriendo, acumulando y soñando con alcanzar ese momento en el que puedan decir que ya tienen suficiente.
Pero algo extraño ocurre cuando el dinero llega. Existen casas grandes donde reina el silencio, cuentas bancarias llenas y corazones completamente vacíos, personas rodeadas de lujos que no pueden dormir en paz. La felicidad que promete el dinero siempre tiene una grieta, porque queda un espacio que nada material puede llenar.
Jesús habló de esto con una claridad que corta el corazón: “Mirad, guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” (Lucas 12:15) Cristo no dijo que el dinero fuera malo. Señaló algo mucho más profundo: la vida verdadera no depende de lo que se tiene en las manos, sino de lo que hay dentro del corazón.
Para dejarlo todavía más claro, Jesús contó la historia de un hombre que había prosperado mucho. Sus campos producían tanto que ya no tenía dónde guardar las cosechas. Entonces pensó: “Derribaré mis graneros y construiré otros más grandes. Ahí guardaré todo lo que tengo. Y entonces diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes para muchos años; descansa, come, bebe y regocíjate.” Era el sueño de muchos: abundancia, seguridad y comodidad. Esa misma noche Dios le dijo: “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has provisto, ¿de quién será?” (Lucas 12:20)
La historia es fuerte porque deja descubierto algo que muchos no quieren mirar. Aquel hombre había llenado sus graneros, pero había descuidado su alma. Había pensado en asegurar muchos años sobre la tierra sin detenerse a pensar en la eternidad. Ahí se entiende hasta dónde puede llegar el engaño de poner toda la esperanza en lo material.
El dinero puede comprar una casa, pero no puede comprar un hogar; puede pagar medicina, pero no garantiza salud; puede llenar una mesa, pero no puede alimentar el alma; puede atraer personas interesadas, pero no puede obligar a nadie a amar de verdad. Por eso existen personas con muchísimo dinero que viven con miedo de perderlo, de quedarse solas o de descubrir que todo aquello por lo que lucharon nunca les dio la paz que imaginaron.
El problema no es tener riqueza. El problema comienza cuando el corazón pone su esperanza en ella y el dinero termina ocupando un lugar que no le corresponde. La Escritura lo dice claramente: “Porque raíz de todos los males es el amor al dinero.” (1 Timoteo 6:10) No dice que el dinero sea el problema, sino el amor al dinero: ese deseo que lleva a medir el valor de una persona por lo que posee, a confundir éxito con acumulación y a creer que vivir bien significa tener más que los demás.
El alma humana fue creada para algo mucho más grande. El corazón del hombre fue hecho para Dios, y si ese espacio intenta llenarse solamente con logros, reconocimiento, propiedades y comodidades, siempre faltará algo. Se puede tener mucho y aun sentir ese vacío que aparece al quedarse a solas, porque ninguna cantidad depositada en un banco puede darle propósito a una vida.
Jesús lo expresó de otra manera: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.” (Mateo 6:33) Si Dios ocupa el primer lugar, el dinero deja de convertirse en amo y vuelve a ser solamente una herramienta. Ya no gobierna el corazón ni decide cuánto vale una persona.
La paz con Dios, la gratitud, el amor que se comparte y una vida que sabe para qué existe tienen un valor que ninguna fortuna puede comprar. Llegará el momento en que las propiedades, las cuentas, los negocios y todo lo acumulado tendrán que quedarse aquí. Delante de Dios no pesará cuánto logró guardar una persona, sino qué hizo con el corazón que Él le dio.
Desde Guatemala Soy Jener Crúz - El Apologista
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