12/08/2026
🌑 Cuando el Sol desaparecía: eclipses y religión en la antigua Roma
Hoy, 12 de agosto, el cielo nos ofrecerá un espectáculo que actualmente podemos predecir con una precisión casi absoluta: sabemos cuándo comenzará el eclipse, cuánto durará y qué parte del Sol quedará cubierta por la Luna. Para los romanos, sin embargo, contemplar cómo el Sol desaparecía en pleno día era una experiencia muy diferente. Aunque las élites conocían las explicaciones astronómicas de estos fenómenos gracias a la tradición griega y antes a la mesopotámica, un eclipse podía ser mucho más que un fenómeno natural: podía convertirse en un prodigium o portentum, una señal que exigía la atención de los dioses y de los hombres.
El conocimiento astronómico romano estaba lejos de ser rudimentario. Plinio el Viejo, en su Naturalis Historia (II, 7-10), explica los eclipses a partir de la posición de la Luna respecto al Sol y conoce incluso su carácter periódico. Séneca, por su parte, dedica parte del libro VII de sus Naturales Quaestiones a los fenómenos celestes. Es decir, un romano podía comprender perfectamente que la oscuridad producida por un eclipse tenía una explicación física y, al mismo tiempo, considerar que el fenómeno podía tener un significado religioso.
Un episodio especialmente interesante aparece en Plutarco, en la Vida de Rómulo (12), relaciona la desaparición de Rómulo con una repentina oscuridad que algunos interpretaron como un eclipse. Por otro lado, durante el gobierno del emperador Claudio, el autor Dion Casio (Historia romana LX, 26) cuenta que, ante un eclipse previsto para su cumpleaños, 1 de agosto del año 45 d.C., Claudio ordenó anunciar públicamente cuándo tendría lugar y explicar su causa, precisamente para evitar que el pueblo se alarmara. El episodio resulta revelador: el poder imperial conocía la naturaleza astronómica del fenómeno, pero también sabía que el miedo y la incertidumbre podían convertirlo en un acontecimiento social y religioso. El 12 de abril del año 237 d.C. , hubo, según Julio Capitolino, un eclipse solar tan grande “que la gente pensó que era de noche y nada más”. Existen numerosos ejemplos en las fuentes literarias que nos hablan de estos fenómenos astrológicos y que los vinculan a hechos sobrenaturales o catástrofes humanas en la Antigüedad.
Un romano podía saber que la Luna ocultaba al Sol y, aun así, preguntarse por qué aquel fenómeno había ocurrido precisamente en ese momento. La astronomía podía explicar el cómo; la religión intentaba encontrar el para qué o el qué significa.
La mayoría de la población, por supuesto, no tenía acceso a las obras de Plinio o Séneca. Para ellos, la experiencia era mucho más inmediata: en mitad del día, la luz desaparecía, el cielo se oscurecía y el Sol, fuente de vida y regulador del tiempo, parecía desaparecer. No resulta extraño que surgieran comportamientos destinados a «ayudar» al astro a recuperar su luz, como hacer ruido golpeando objetos metálicos, prácticas conocidas también en otras culturas antiguas.
Hoy 12 de agosto no necesitaremos recurrir a augures, sacerdotes ni intérpretes para saber qué está ocurriendo sobre nuestras cabezas. Pero cuando miremos al cielo durante el eclipse, con protección, deberíamos recordar que hace casi dos mil años otros romanos hicieron exactamente lo mismo.