11/01/2024
Sergio García Ramírez. Un buen republicano de la aldea global.
Cuando en cualquier aula de España, como las de Toledo o Salamanca, tantas veces visitadas, da comienzo su discurso don Sergio García Ramírez el público peninsular y americano enmudece. Nunca han oído hablar la lengua castellana con tanta hermosura, con riqueza de matices y dicción clásica, que se deja acompañar con dos términos alternativos o complementarios que fijan la idea en los oyentes. Es un castellano clásico, propio de las formas que propugnaba don José Rubén Romero en su recomendatorio de la lectura de la obra inmortal, Cómo leemos el Quijote, pero que envuelve naturalmente ideas modernas. Cuando los mexicanos desean alabar la figura profesional y cívica de una persona dicen que es un buen republicano, pero es éste un epíteto extraño a un peninsular que fue libre por vez primera en una Monarquía Parlamentaria, desde 1977. Pero es así, don Sergio ha dedicado toda su fructífera vida profesional a servir al interés público y a los derechos humanos, o sea, a la república.
Además, es persona extraordinariamente culta, de lo que para mí es muestra desde su participación e impulso a la edición de la valiosísima colección “Artes de México”, hasta la actividad intensa en el Seminario de Cultura Mexicana, que tanta labor meritoria realiza más allá de otros nobles centros que operan principalmente en Ciudad de México. Sus libros transmiten ese acervo cultural más propiamente mexicano que en los años 20 constituyeron los “Siete Sabios” y de los que, para no ofender a nadie, citaré al de mayor influencia y más ácido destino y que tuvo la desgracia de no morir ni en su patria, Santo Domingo, ni en la patria a la que dio tanta vida, don Pedro Henríquez Ureña.
Es el doctor García Ramírez persona muy honesta, no en el sentido hispánico del asunto, que se limita a la parte inferior del cuerpo humano -que es cuestión que no nos debe interesar- sino al sentido anglosajón, de ser honesto con la verdad y con los recursos públicos. Eso debe proclamarse pues, si no salen a los mentideros contemporáneos solamente los malos ejemplos, que lastimosamente abundan. También de la honestidad cívica de los funcionarios hay signos externos, y en nuestro caso se representa muy bien cuando don Sergio y su culta, simpática y laboriosa esposa Carmen conducen como a medias su modesto carro.
Es también persona agradecida, pues suele atribuir sus méritos a su maestros y predecesores. Como español me emociona cuando le escucho entre nosotros proclamar que es discípulo de don Niceto Alcalá Zamora y Castillo, expulsado de su patria por la danza macabra de nuestra guerra civil y transterrado en México y en la UNAM, con otros muchos, en la mejor obra de acogida de refugiados que conoce la historia de la solidaridad humana y que representa la figura del Presidente Lázaro Cárdenas, y a quienes le acompañaron en la acción: Isidro Fabela, Narciso Bassols, Luis I. Rodriguez, Gilberto Bosques o los dos maestros Daniel Cossío Villegas, Alfonso Reyes, cada uno de los cuales vale tanto como un Ortega y Gasset, no sólo por la obra propia, sino por la obra por ellos impulsada. Nuestro mundo hispánico sería mucho más pobre sin su obra editorial por excelencia: el Fondo de Cultura Económica. La obra científica y político institucional de nuestro personaje es grata encarnación de sus maestros.
En su larga y rica vida ha desempeñado cargos y cargas muy relevantes: Catedrático e Investigador de la UNAM, Académico y presidente de la Academia Mexicana de Ciencias Penales, secretario de Trabajo, Procurador General de la República y antes del Distrito Federal, o Juez y posterior presidente de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Cada uno de esos cargos culminaría la vida exitosa de cualquier profesional competente. Pero, de todos modos, a mí el que me conmueve más hondamente es el previo a todos ellos, el de joven penitenciarista a cargo de la puesta en marcha de la prisión de Toluca.
Recién concluidos los estudios de doctorado en Derecho, merced a los oficios de Juan José González Bustamante y Alfonso Quiroz Cuarón, el Gobernador del Estado de México, Juan Fernandez Albarrán, le encomienda dar vida a la penitenciaria del Estado cuya obra acababa de ser concluida y que requería a alguien que poseyera la vocación y las aptitudes para poner en marcha tan ambiciosa empresa. He imaginado muchas veces a aquel joven que se hacía cargo como primer inquilino de un excelente nuevo edificio penitencial que alojaría su persona y su esperanza de formular un centro penitenciario que habría de convertirse en modelo para nuestro mundo occidental. En su diseño institucional están las ideas de Concepción Arenal y de Victoria Kent, humanizar el castigo, fundado tan solo en la amarga necesidad de este, ajeno a las ficciones del libre albedrio y con la firme pretensión de ofrecer a los internos las mejores oportunidades para seguir en un futuro la vida en libertad y sin delito. Quizá colegas de otras áreas tengan en sus cursus honorun profesional teatros de su saber de mayores lujos y salones de más elevada nobleza, pero los penalistas tenemos por salón el de la cárcel y las almas de la mayoría de los de allí encerrados. Aunque las cosas han cambiado mucho y a peor, aquella cárcel de Toluca respondía a la idea sobre el crimen de don Miguel de Cervantes, quien en “El casamiento engañoso” proclama que es la pobreza lo que a unos lleva a la horca y a otros al hospital. Nuestro personaje dice que de aquel destino salió otra persona distinta. Creo que su relación estrecha con los privados de libertad y el mando suave y eficaz sobre los funcionarios de la institución cerrada le cualificó el carácter para las siguientes aventuras. Alguna también directamente penitenciaria, como el cierre de la antigua penitenciaria Nacional del Lecumberri, que se había convertido en el Palacio Negro, museo de horrores a pesar de la buena intención de los colonos vascos originarios, que llamaron al sitio “lugar bueno y nuevo”, por fortuna en euskera, para que nadie sufriera por tanta contradicción, y que como Archivo Nacional luce mucho mejor. Pero esos son ya otros salones del poder como el de la Procuradoría General de la República, el guadianesco de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, desde la cual ha impulsado personalmente el sistema general de sometimiento y control de convencionalidad, que es ni más ni menos que el ariete de los derechos humanos en la vida política de nuestra América.
En definitiva, para mí es Sergio García Ramírez la mejor expresión del pensamiento y la acción del Derecho penal humanista de nuestra era contemporánea, el Marqués de Beccaria de nuestro tiempo y un excelente republicano.
Luis Arroyo Zapatero
Presidente de la Société Internationale de Défense Sociale, Rector honorario y profesor emérito de la Universidad de Castilla La Mancha, miembro correspondiente de la Academia Mexicana de Ciencias penales y de la Ciencias Morales y Políticas de Francia.
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Este texto del que disponemos en este momento de su fallecimiento se compuso para un libro homenaje con motivo de sus 80 años que organizaba Gerardo Laveaga en su segunda encarnación como director del INACIPE. Pero chocamos con el propósito de don Sergio de no querer recibir homenajes, ni en vida ni después. Por esta razón acompaño el texto que el maestro compuso con instrucciones a su esposa, deudos y admiradores, reclamando que no haya ni funeral ni homenaje. Yo no pienso cumplir con él.
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ANEXO Texto de Sergio García Ramírez: “Pliego de anticipaciones”, Navidad 2012
Hay que hablar de ciertas cosas que te parecen incómodas y que tal vez lo sean.
Más lo serían, llegada la hora, si no las decimos y preparamos; o peor aún, si ocurre de pronto lo que ignoramos en silencio, alentados por una suerte de amable aplaza miento. Moriré, desde luego, como tantos en torno, que van despoblando el campo de mis familiares, compañeros, bienquerientes y malquerientes; muchos con más años a cuestas de los que llevo en este momento; otros, no pocos, con menos y hasta con mucho menos. Se dice, con rara y admirable sabiduría, que cuando llega la hora, llega la hora. Así parece. Frente a la experiencia del despoblamiento y la certeza de la muerte inevitable, es obligado que conversemos, preparemos y resolvamos.
Reconozcamos de entrada, como punto de previo y especial pronunciamiento, una expresión legaloide que no he olvidado, que tengo cierto derecho a disponer lo que resuelvo enseguida. Es natural que procuremos organizar la vida conforme a nuestro gusto y deseo, a nuestra posibilidad y esperanza. Pero en el camino de los cumplimientos surgen obstáculos que desvían el proyecto y lo encaminan conforme a designios cuyas claves desconocemos. Ni modo. Ahora bien, en medio de todo nos queda la ilusión, una ilusión imperiosa, de gobernar nuestra muerte. No será fácil que lo consigamos, si se trata de resolver punto a punto la etapa terminal de la vida, el cómo, el cuándo, el modo, la circunstancia. También aquí nos asimos a los buenos deseos. "Quiera Dios" es lo que se nos ocurre. Nuevamente, ni modo.
Pero ahora me quiero referir a otro tema en el territorio de la muerte: las decisiones de última voluntad, que se dice, testamento y aledaños. Aquí las cosas podrían ser menos complicadas, más abordables, si queremos que lo sean. Del testamento me he ocupado, siempre en confianza contigo y a la medida de tus requerimientos, que procuro atender con amor y agrado. Hablemos, entonces, de los aledaños. Su pongamos que ahí está el cuerpo inánime. Es preciso disponer de él, porque la ley lo ordena, la razón lo recomienda y la sociedad lo aguarda. El mismísimo difunto, si percibe el rumor que lo rodea, estará al tanto de que hay trámites pendientes y deberá resignarse.
Es aquí donde entramos en complicaciones que quiero compartir contigo y en soluciones que te pido ejecutar con fidelidad perfecta. No deseo caer en el tono solemne, lúgubre inclusive, con el que solemos hablar de la muerte. Permíteme ser, hasta cierto punto, festivo. Será más llevadero. Por otra parte -disculpa la claridad y tal vez la rudeza y convengamos que no estoy obligado - ¡nada más eso faltaba!- a aceptar imposiciones y admitir concesiones en puntos tan personales como los que ahora me ocupan.
Si no quieres o no puedes hacer lo que te pido, me lo dirás de una vez para que procure a tiempo otro encargado de este cumplimiento, que lo asuma con eficacia y no oponga sentimientos, prejuicios, protocolos, usos y ritos. Ya te he dicho que lo menos a que puede aspirar una persona es a decidir la suerte de sus restos y la tramitación que desencadena el fallecimiento. Entiendo que habrá iniciativas que pretendan imponer las costumbres de todos a mis propias decisiones. Créeme que nada me afligiría más, donde quiera que me encuentre, que resultar vencido, también en esto, por la voluntad ajena. No sólo me afligiría; peor que eso: me irritaría. Y no es conveniente que el espíritu desencarnado vague afligido e irritado. Conviene aligerar el tránsito y alegrar el ánimo. Nada me daría más gusto ni haría mejor servicio que satisfacer el proyecto mortuorio que te confío, entregando su fiel observancia a tu honradez y a tu afecto.
Como sabes, he soportado a pie firme, sólo murmurando, ciertos ritos que no comparto. Atendí, cada vez que no pude evitarlo, las exigencias que amigos, familia res, conocidos y desconocidos, todos a una, como Fuenteovejuna, me formularon durante décadas para satisfacer su convicción y deleite, que no los míos, en abundantes celebraciones: nacimientos, bodas, aniversarios, exequias, homenajes. Los he atendido, esperando· que llegara mí turno de hacer las cosas a mi manera, no a la de otros, por lo menos en el ámbito personalísimo -lo es, ¿de acuerdo?- de mi propio arreglo funerario. En este proyecto tu intervención será decisiva, para mí tranquilidad ahora mismo, cuando escuche tu promesa, y mi satisfacción más tarde, que será cuando me nos imaginemos. ¿Cuento contigo en muerte, como en vida? O más todavía, porque en muerte no puedo valerme de mis fuerzas, ni librar batalla contra imposiciones que pudieran persuadirte o vencerte, y cuyas razones acaso compartes.
Desde luego, declaro inmediatamente, con el mayor énfasis, en tono muy alto y seguro, que respeto fervorosamente las costumbres adoptadas por otras personas y se guidas por el mundo en el que vivimos. No pretendo contender con nadie, ni negarle sus derechos, ni tener intervención alguna en sus gustos y preferencias, ni volver al revés la sociedad en que navego y las convicciones que dominan. No procuro adoctrinar. Que cada quien profese con entera libertad lo que mejor le parezca. Yo sólo aspiro a lo que me parece mejor para mí solamente.
En primer término, te pido -encarecidamente, como se dice cuando hay que poner juntos el ruego y el acento- que conserves para ti y sólo para ti la noticia de mi muerte. No la difundas, ni siquiera a tus allegados más cercanos y confiables, y tampoco a quienes supones que son los míos. Ni a unos ni a otros. En otras palabras: a nadie. Me horroriza la idea de que una secretaria o un grupo de mensajeros solícitos difundan la noticia en profusas llamadas telefónicas. He sido testigo y víctima de estas diligencias, que cunden como reguero de pólvora encendido. Me harían recordar, si uno puede recordar-en esas circunstancias, las ocasiones en que debí abandonar el trabajo o el descanso, el amor o el banquete, para salir de prisa, cualquier día, a la hora que fuera, para sumar mi figura al paisaje de los dolientes en una capilla funeraria, adaptando el gesto y las palabras a las fórmulas acostumbradas.
También te pido -sí, encarecidamente: mitad súplica, mitad exigencia, y en ambas mitades ilusión y esperanza- que te abstengas completamente de ordenar la publicación de esas gacetillas, de diverso precio y tamaño, que difunden en los periódicos la noticia de que alguien ha fallecido y proclaman las condolencias de quien las patrocina. Si por desgracia se conoce la noticia de mi muerte, a pesar del riguroso secreto que te encomiendo, hazme el gran favor -··que apreciaré eternamente; lo digo en el más estricto sentido de la palabra- de disuadir el entusiasmo de quien pretenda disponer alguna esquela. Persuádelo con empeño, convéncelo de que agregará a la pena que yo tenga por mi muerte, la molestia que me dará leer sobre ella en la prensa, una molestia innecesaria y evitable. Algo más: no tendrá sentido que publiques -si tal idea cruzara tu mente- agradecimiento alguno por las muestras de pesar que habrías recibido, porque a falta de noticia no habrá condolencias y todos quedaremos en paz y contentos.
En cuanto a capilla para velar los restos, sírvete recordar que soy derecho habiente del servicio funerario público, mediante pago oportuno de las cuotas correspondientes. Puesto que deberemos cumplir el trámite velatorio que la ley exige, mira que el cuerpo repose en una modestísima caja de madera, herméticamente cerrada, a prueba de miradas curiosas y saludos finales. De ninguna manera -eso Jo prohíbo con énfasis- permitas que me trasladen a una lujosilla funeraria comercial, que le dicen agencia de pompas fúnebres. Evita visitas, que me incomodarían. Prevé, al evitarlas, la horrenda posibilidad de que algún circunstante se complazca abriendo la escotilla del ataúd para contemplar el rostro del mu**to, y de que proliferen en torno animadas conversaciones. No quiero ser héroe póstumo, ni santo extemporáneo.
Cierra la capilla en cuanto llegue el féretro y dispón que sólo se abra con pro pósito crematorio. Tampoco pongas a la puerta de la capilla un cuaderno, a la manera de carnet de baile, donde los dolientes hagan constar su dolor profundo. Desde luego, podríamos salir al paso de muchos riesgos si el cuerpo queda en la casa donde hemos vivido. Sin embargo, no quiero provocarte un mal recuerdo, ni alentar visitas inopinadas que conviertan la sala en depósito de recuerdos y obliguen al servicio a proveer cocteles y bocadillos.
Hemos conversado sobre el destino final de mis restos, si están disponibles para este propósito. En una época, que tú conoces, tuve la peregrina ocurrencia de que fueran inhumados en un panteón cercano, y que sobre la tumba se erigiera un monumento, quizás de mármol, si había con qué pagarlo, en el que se daría cuenta de mi nombre,
de mis fechas más características -nacimiento y fallecimiento- y de alguna frase que no definí nunca.
Me arrepiento y retracto de esas pretensiones. Ahora deseo y en esto coincido con tu propio punto de vista, según entiendo- que mis restos sean cremados a la brevedad posible. No quiero que la ceniza quede depositada en una urna, y que ésta se coloque en una cripta. Por favor, no. Dispersa esa ceniza donde quieras. Por supuesto, no te pediré que sea en el lago de Chapultepec, en el río Támesis, en el cráter del Vesubio, en el Mar Tirreno o en otro lugar igualmente práctico y accesible. Que vuelen donde puedas hacerlas volar, discretamente, como quien no quiere la cosa. Guarda con celo la identidad del aire que se las lleve. No habrá, pues, ni urna, ni cripta, ni placa, ni nada.
Como sabes, a veces asalta a los buenos amigos, con propósito festivo, la iniciativa de mover el féretro y trasladarlo a lugares donde el mu**to, cuando vivo, dejó alguna huella de su existencia. No describo con mayores detalles estas vicisitudes, que son conocidas. Seguramente no habrá ocurrencias de esta naturaleza que me sobresalten. Pero te pido que estés alerta para que no surjan, y si aparecen, sean inmediatamente descartadas. Que tu negativa terminante se sume a la mía. Otro tanto digo en lo que respecta, si se planteara la iniciativa, a mesas redondas, coloquios, convites, homenajes -se les dice-, veladas y otras amenidades. Lo mismo: por favor, nada. Descansemos todos y prosigamos nuestras vidas. Yo seguiré la mía según se acostumbre en la otra ribera del río.
No desecharé la posibilidad, que también forma parte de los usos de nuestra sociedad cristiana, de que se digan misas por el eterno descanso de mi alma, reposo que soy el primero eh desear fervorosamente y que espero obtener por piedad, no precisamente por justicia. Es frecuente que haya misas de mu**to, y que algunos voluntarios se hagan cargo de circular invitaciones, convocatorias, devotos apremios que permiten menudas concentraciones y abrazos prolijos en el templo y a sus puertas. Nuevamente habría quienes dejaran el trabajo, el descanso o el placer para concurrir a alguna misa y cumplir sí, cumplir-- con los deudos contritos.
Como se desprende de esta nota, no quiero inferir molestias a mis allegados, si los tengo. Omitamos la convocatoria, sin prescindir de la misa. Mantengamos este oficio en secreto. Dios, tú y yo estaremos enterados de qué se trata. Tampoco evitaré, por cierto, que cada quien eleve en su casa y en la discreción de su conciencia, las oraciones que quiera. Más aún: las agradeceré en silencio. Yo confinado donde me localice, y los bienquerientes donde se hallen, sin necesidad de engalanarse con negruras, abordar el automóvil, combatir el tránsito cuando el sol declina, desafiar la lluvia, escuchar el fervorín de costumbre, mirar el reloj con impaciencia, formar fila para despedirse.
Concluyo, querida mía, con la confianza de que me brindarás, en muerte, la misma atención que me prodigaste en vida. Dame el gusto infinito -donde me encuentre todo será infinito- de que las cosas vayan como las pido, aunque con esto evitemos distracciones usuales o provoquemos alguna extrañeza e incluso cierto malestar a quienes podrían sugerir y hasta promover un despliegue funerario digno del gusto general. Permíteme que en esta ocasión satisfaga sólo mi propio gusto. Llegada la hora, me lo habré ganado. ¿No te parece? Gracias, de antemano.