03/04/2026
Ἐλωΐ, Ἐλωΐ, λαμὰ σαβαχθανί;”
En ese momento, Jesús gritó con gran intensidad: – “¡Eloí, Eloí!, ¿lema sabactani?”, que significa: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”. Marcos 15:34 TCB
Mientras leo estas palabras, no solo escucho la voz de Jesús, sino que también percibo el peso de un dolor imposible de simplificar. Aquel grito, pronunciado en la cruz, recoge siglos de esperanza y de angustia; no surge del vacío, sino que resuena con el eco del Salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?”, un clamor que, lejos de concluir en el abandono, se abre hacia la confianza.
En este Viernes Santo, ese grito me confronta profundamente, porque también nosotros, en más de una ocasión, hemos pronunciado nuestro propio “Eloí, Eloí…” en medio del dolor, cuando las circunstancias nos sobrepasan y quisiéramos huir para no atravesar nuestra propia cruz. Sin embargo, el grito de Cristo no expresa olvido, sino apertura; no señala ausencia, sino el inicio de una obra que transforma el sufrimiento en redención.
En este sentido, como bien afirma Viktor Frankl, “el sufrimiento deja de ser sufrimiento en el momento en que encuentra un sentido”, y precisamente en Cristo, todo dolor encuentra su sentido más pleno.
Por ello, hoy decido llevar a la cruz mis angustias, mis heridas y mis preguntas sin respuesta, confiando en que mis gritos no se pierden en el vacío, sino que, en las manos de Dios, se convierten en transformación.
Así, aun cuando en mi debilidad llegue a clamar: “Padre, ¿por qué me has abandonado?”, comprendo que no estoy ante el final, sino ante el comienzo de algo mayor. El grito no quedó suspendido en la muerte, sino que abrió camino hacia la vida, recordándome que, incluso en medio del dolor, Dios permanece presente.
Hoy es cruz, sí, pero la historia, sin duda, aún no ha terminado.
- Lic. María Gracia Guapás | Decana Académica