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Instituto Superior Tecnológico InnovaTec Formamos tecnólogos que transforman Cotopaxi con código, creatividad y corazón andino

“Ser latacungueño: una historia escrita con el corazón“por Eduardo Salgado Enríquez 👉  Ser latacungueño no consiste únic...
06/08/2026

“Ser latacungueño: una historia escrita con el corazón“por Eduardo Salgado Enríquez 👉 Ser latacungueño no consiste únicamente en haber nacido en esta tierra. Es, sobre todo, una forma de mirar la vida; una manera de levantarse después de cada dificultad, de tender la mano al vecino, de compartir con orgullo un queso de hoja, una allulla o un plato de chugchucaras con quien nos visita, y de encontrar, cada mañana, en la imponente presencia del Cotopaxi, una lección silenciosa de fortaleza y esperanza.
Pero esa identidad que hoy nos llena de orgullo no surgió de la noche a la mañana. Es el resultado de siglos de encuentros, aprendizajes y desafíos. Los latacungueños somos el fruto de un extraordinario crisol de culturas y tradiciones que, lejos de dividirnos, nos han convertido en un pueblo resiliente, creativo y profundamente comprometido con su historia.
Nuestras raíces se hunden en la memoria de los antiguos pueblos panzaleos, quienes durante siglos cultivaron esta tierra con esfuerzo, inteligencia y profundo respeto por la naturaleza. Sus manos labradoras hicieron florecer los campos de maíz, papas, mellocos y otros productos que garantizaron la subsistencia de sus comunidades. Ellos comprendieron que la tierra no era únicamente un recurso para producir alimentos, sino una madre generosa que debía ser cuidada y respetada. Esa relación íntima con el trabajo honesto, con el campo y con la solidaridad comunitaria sigue viva en el carácter de nuestra gente.
Más tarde llegaron los incas, trayendo consigo un nuevo idioma, nuevas formas de organización y una visión diferente del mundo. Lejos de borrar las costumbres existentes, aquellas influencias se entrelazaron con las tradiciones locales, enriqueciendo nuestra identidad colectiva. De ese encuentro nació un pueblo capaz de aprender sin renunciar a sus raíces, de adaptarse sin perder su esencia y de convertir la diversidad en una fortaleza.
Con la llegada de la cultura occidental se incorporaron nuevas formas de pensamiento, de organización política, de lenguaje y de espiritualidad. El mestizaje que siguió transformó profundamente nuestra sociedad y dio origen a una nueva identidad. Sin embargo, en medio de esos cambios, los latacungueños jamás olvidamos el legado de nuestros antepasados. Conservamos el valor del trabajo, el respeto por la familia, la solidaridad con quienes más lo necesitan y un profundo anhelo de libertad que ha acompañado a nuestra historia desde sus primeros capítulos.
Ese espíritu libre encontró una de sus expresiones más memorables el 11 de noviembre de 1820. Aquella jornada marcó el momento en que nuestra ciudad decidió tomar las riendas de su propio destino. Fue mucho más que un acontecimiento político; fue la demostración de que un pueblo unido puede enfrentar la injusticia con valentía y abrir el camino hacia un futuro mejor. Desde entonces, cada aniversario de nuestra emancipación nos recuerda que la libertad no es un regalo, sino una responsabilidad que debe renovarse con el compromiso de cada generación.
Latacunga ha sido cuna de educadores, científicos, escritores, artistas, poetas, militares, investigadores, emprendedores y hombres y mujeres comprometidos con el desarrollo de su tierra. Cada uno, desde su vocación, ha aportado una piedra para construir la identidad que hoy heredamos. Gracias a ellos comprendemos que el conocimiento también es una forma de amar a la ciudad y que servir a los demás constituye una de las expresiones más nobles del patriotismo.
Quizá por eso los latacungueños nunca dejamos de mirar hacia adelante. Sabemos que el futuro no se construye olvidando el pasado, sino aprendiendo de él. Somos herederos de la sabiduría ancestral de los pueblos originarios, de la capacidad organizativa de los Andes, del pensamiento universal que llegó con Occidente y del espíritu libertario que ha guiado nuestra historia. En cada generación esos legados se han unido para formar ciudadanos capaces de trabajar, innovar y soñar sin perder la humildad que caracteriza a nuestra gente.
Hoy, cuando el mundo cambia con una velocidad nunca antes vista, ser latacungueño adquiere un significado aún más profundo. Significa comprender que nuestras mayores riquezas no son únicamente nuestras tradiciones o nuestros monumentos, sino los valores que hemos recibido como herencia: la honestidad, la solidaridad, el esfuerzo, la hospitalidad y el profundo amor por nuestra comunidad.
Ser latacungueño es llevar en el corazón una historia construida durante siglos por miles de manos anónimas que sembraron, enseñaron, lucharon, escribieron, crearon y sirvieron con generosidad. Es reconocer que somos el resultado de un largo camino de encuentros culturales y de permanentes desafíos que nos enseñaron a levantarnos una y otra vez.
Ser latacungueño no es solamente pertenecer a una ciudad. Es asumir el compromiso de honrar el legado recibido, preservar nuestra identidad y continuar escribiendo, con trabajo, solidaridad y esperanza, las próximas páginas de una historia que aún tiene mucho por ofrecer al Ecuador. Así somos, y así queremos seguir siendo: hijos agradecidos de una tierra que nos enseñó que la verdadera grandeza siempre nace del corazón de su gente

Opinion
“La “Ser latacungueño: una historia escrita con el corazón“por Eduardo Salgado Enríquez 👉 Ser latacungueño no consiste únicamente en haber nacido en esta tierra. Es, sobre todo, una forma de mirar la vida; una manera de levantarse después de cada dificultad, de tender la mano al vecino, de compartir con orgullo un queso de hoja, una allulla o un plato de chugchucaras con quien nos visita, y de encontrar, cada mañana, en la imponente presencia del Cotopaxi, una lección silenciosa de fortaleza y esperanza.
Pero esa identidad que hoy nos llena de orgullo no surgió de la noche a la mañana. Es el resultado de siglos de encuentros, aprendizajes y desafíos. Los latacungueños somos el fruto de un extraordinario crisol de culturas y tradiciones que, lejos de dividirnos, nos han convertido en un pueblo resiliente, creativo y profundamente comprometido con su historia.
Nuestras raíces se hunden en la memoria de los antiguos pueblos panzaleos, quienes durante siglos cultivaron esta tierra con esfuerzo, inteligencia y profundo respeto por la naturaleza. Sus manos labradoras hicieron florecer los campos de maíz, papas, mellocos y otros productos que garantizaron la subsistencia de sus comunidades. Ellos comprendieron que la tierra no era únicamente un recurso para producir alimentos, sino una madre generosa que debía ser cuidada y respetada. Esa relación íntima con el trabajo honesto, con el campo y con la solidaridad comunitaria sigue viva en el carácter de nuestra gente.
Más tarde llegaron los incas, trayendo consigo un nuevo idioma, nuevas formas de organización y una visión diferente del mundo. Lejos de borrar las costumbres existentes, aquellas influencias se entrelazaron con las tradiciones locales, enriqueciendo nuestra identidad colectiva. De ese encuentro nació un pueblo capaz de aprender sin renunciar a sus raíces, de adaptarse sin perder su esencia y de convertir la diversidad en una fortaleza.
Con la llegada de la cultura occidental se incorporaron nuevas formas de pensamiento, de organización política, de lenguaje y de espiritualidad. El mestizaje que siguió transformó profundamente nuestra sociedad y dio origen a una nueva identidad. Sin embargo, en medio de esos cambios, los latacungueños jamás olvidamos el legado de nuestros antepasados. Conservamos el valor del trabajo, el respeto por la familia, la solidaridad con quienes más lo necesitan y un profundo anhelo de libertad que ha acompañado a nuestra historia desde sus primeros capítulos.
Ese espíritu libre encontró una de sus expresiones más memorables el 11 de noviembre de 1820. Aquella jornada marcó el momento en que nuestra ciudad decidió tomar las riendas de su propio destino. Fue mucho más que un acontecimiento político; fue la demostración de que un pueblo unido puede enfrentar la injusticia con valentía y abrir el camino hacia un futuro mejor. Desde entonces, cada aniversario de nuestra emancipación nos recuerda que la libertad no es un regalo, sino una responsabilidad que debe renovarse con el compromiso de cada generación.
Latacunga ha sido cuna de educadores, científicos, escritores, artistas, poetas, militares, investigadores, emprendedores y hombres y mujeres comprometidos con el desarrollo de su tierra. Cada uno, desde su vocación, ha aportado una piedra para construir la identidad que hoy heredamos. Gracias a ellos comprendemos que el conocimiento también es una forma de amar a la ciudad y que servir a los demás constituye una de las expresiones más nobles del patriotismo.
Quizá por eso los latacungueños nunca dejamos de mirar hacia adelante. Sabemos que el futuro no se construye olvidando el pasado, sino aprendiendo de él. Somos herederos de la sabiduría ancestral de los pueblos originarios, de la capacidad organizativa de los Andes, del pensamiento universal que llegó con Occidente y del espíritu libertario que ha guiado nuestra historia. En cada generación esos legados se han unido para formar ciudadanos capaces de trabajar, innovar y soñar sin perder la humildad que caracteriza a nuestra gente.
Hoy, cuando el mundo cambia con una velocidad nunca antes vista, ser latacungueño adquiere un significado aún más profundo. Significa comprender que nuestras mayores riquezas no son únicamente nuestras tradiciones o nuestros monumentos, sino los valores que hemos recibido como herencia: la honestidad, la solidaridad, el esfuerzo, la hospitalidad y el profundo amor por nuestra comunidad.
Ser latacungueño es llevar en el corazón una historia construida durante siglos por miles de manos anónimas que sembraron, enseñaron, lucharon, escribieron, crearon y sirvieron con generosidad. Es reconocer que somos el resultado de un largo camino de encuentros culturales y de permanentes desafíos que nos enseñaron a levantarnos una y otra vez.
Ser latacungueño no es solamente pertenecer a una ciudad. Es asumir el compromiso de honrar el legado recibido, preservar nuestra identidad y continuar escribiendo, con trabajo, solidaridad y esperanza, las próximas páginas de una historia que aún tiene mucho por ofrecer al Ecuador. Así somos, y así queremos seguir siendo: hijos agradecidos de una tierra que nos enseñó que la verdadera grandeza siempre nace del corazón de su gente.

24/07/2026

Más de 6.000 aspirantes buscan uno de los 1.680 cupos que oferta la UTC
23 de julio de 2026.- La evaluación de ingreso para los 6.082 bachilleres inscritos en la Universidad Técnica de Cotopaxi (UTC) se desarrolla hasta este sábado 25 de julio de 2026, de manera presencial, en los campus Matriz y La Maná.
Entre el 22 y el 25 de julio, la UTC cumple con la evaluación de los aspirantes que buscan acceder a uno de los cupos para el nuevo período académico. Alex Mullo, director General Académico de la institución, explicó que esta fase tiene como objetivo medir las competencias de los postulantes en los componentes numérico, verbal y abstracto, además de conocimientos en áreas como Física, Matemáticas y Química. La calificación obtenida en esta evaluación representa el 50 % del puntaje de admisión, mientras que el otro 50 % corresponde a la nota de bachillerato.
Por su parte, Verónica Tapia, directora de Gestión Estudiantil de la UTC, informó que para este proceso se inscribieron 6.082 bachilleres, quienes rendirán la evaluación hasta este sábado en los campus Matriz y La Maná, bajo la modalidad presencial.
Para el nuevo período académico, que iniciará en octubre de este año, la UTC oferta 1.680 cupos distribuidos en 35 carreras, de acuerdo con la capacidad instalada de la institución en infraestructura y talento humano. Las autoridades señalaron que existe el interés de ampliar la cobertura para atender a un mayor número de estudiantes; sin embargo, las limitaciones de espacio físico impiden incrementar la oferta.
Mullo recordó que, tras un estudio técnico y atendiendo la demanda ciudadana, la universidad incorporó la carrera de Enfermería en el período anterior y, para este nuevo ciclo, abrió la carrera de Derecho, que funcionará en el campus Salcedo. Según Tapia, para Derecho se ofertan 40 cupos, mientras que existen más de 500 postulantes. En el caso de Enfermería, la oferta es de 60 cupos, frente a más de 1.000 aspirantes inscritos.
Una vez concluida la etapa de evaluación, el proceso continuará con la primera fase de postulación, prevista del 5 al 11 de agosto. Hasta el 30 de julio se incorporará la nota de bachillerato para obtener el puntaje final de admisión. De acuerdo con el calendario aprobado por el Consejo Académico, el nuevo período académico comenzará el 12 de octubre, mientras que el actual concluirá durante la tercera semana de agosto de 2026.

79.800 aspirantes habilitados en examen de ingreso a institutos y conservatorios superiores pùblicos.
16/07/2026

79.800 aspirantes habilitados en examen de ingreso a institutos y conservatorios superiores pùblicos.

Ya está disponible el comprobante con la sede, el horario y la fecha asignados para cumplir con evaluación de acceso a institutos y conservatorios superiores.

“Venezuela nos recuerda que la prevención salva vidas: una lección para Cotopaxi“por Eduardo Salgado Enríquez 👉  Mientra...
02/07/2026

“Venezuela nos recuerda que la prevención salva vidas: una lección para Cotopaxi“por Eduardo Salgado Enríquez 👉 Mientras el pueblo venezolano lloraba a sus mu***os tras los devastadores terremotos del 24 de junio, en la provincia de Cotopaxi miles de ciudadanos participaban en un simulacro de evacuación ante una eventual erupción del volcán Cotopaxi. Dos escenarios distintos, dos países hermanos, pero una misma enseñanza: cuando la naturaleza se manifiesta, la diferencia entre la tragedia y la esperanza suele depender de cuánto nos hayamos preparado.
Los sismos que sacudieron el norte de Venezuela constituyeron uno de los eventos sísmicos más destructivos de su historia reciente. Dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, formando lo que los sismólogos denominan un "doblete sísmico", un fenómeno poco frecuente y extremadamente peligroso. Ambos terremotos fueron superficiales, con profundidades cercanas a los 10 kilómetros, lo que incrementó considerablemente la intensidad del movimiento en la superficie.
El Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), mediante su sistema PAGER, emitió una alerta roja al estimar una probabilidad muy alta de pérdidas humanas masivas. Este modelo matemático combina tres variables fundamentales: la magnitud del terremoto, la vulnerabilidad de las edificaciones y la densidad poblacional expuesta. Cuando esos tres factores convergen, el resultado puede ser devastador.
Las imágenes provenientes de Venezuela estremecieron al mundo. Familias enteras buscaron con sus propias manos a sus seres queridos bajo montañas de concreto. Bomberos, voluntarios y ciudadanos trabajaron sin descanso en medio del dolor, mientras numerosas ciudades sufrían el colapso de servicios básicos, hospitales y vías de comunicación. Más allá de las cifras, el verdadero rostro de la tragedia fue el sufrimiento de miles de familias que, en cuestión de segundos, perdieron su hogar, sus recuerdos y, en demasiados casos, a quienes más amaban.
Desde Cotopaxi contemplamos esta tragedia con profundo respeto y solidaridad. Ecuador y Venezuela comparten mucho más que una historia latinoamericana; comparten pueblos trabajadores, familias luchadoras y ciudadanos que han aprendido a levantarse después de la adversidad. Hoy, el dolor venezolano también duele en nuestros corazones.
Precisamente por ello adquiere enorme significado el simulacro de evacuación desarrollado entre el 24 y el 26 de junio en nuestra provincia. Durante esos días participaron instituciones de primera respuesta, organismos técnicos, gobiernos locales, Fuerzas Armadas, Policía Nacional, cuerpos de bomberos y comunidades ubicadas en las zonas de influencia del volcán Cotopaxi. No fue un simple ejercicio administrativo; fue una demostración de que la preparación constituye la herramienta más poderosa para proteger la vida.
Los simulacros rara vez ocupan los titulares de los periódicos porque, afortunadamente, cuando funcionan no producen noticias dramáticas. Sin embargo, detrás de cada ruta de evacuación señalizada, de cada sirena probada y de cada familia que aprende hacia dónde dirigirse existe una enorme inversión en prevención que algún día puede significar la diferencia entre regresar a casa o no hacerlo.
El reciente informe del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional insiste precisamente en esa necesidad de mantener la planificación y los ejercicios preventivos frente a un volcán cuya vigilancia científica continúa de manera permanente y cuya evolución exige preparación constante.
La tragedia venezolana también ha abierto un intenso debate sobre la calidad de muchas edificaciones construidas durante las últimas décadas y sobre la responsabilidad que tienen los gobiernos de garantizar viviendas seguras para la población. Diversos medios internacionales han recogido denuncias sobre fallas estructurales y cuestionamientos respecto de programas habitacionales que ahora serán objeto de investigaciones técnicas y judiciales.
Más allá de las posiciones políticas, existe una verdad universal: cuando la corrupción sustituye a la ingeniería, cuando el ahorro reemplaza a la seguridad y cuando las decisiones públicas ignoran los estudios técnicos, las consecuencias terminan pagándose con vidas humanas. La naturaleza no distingue ideologías. Un terremoto no pregunta por el partido político de quienes habitan un edificio. Simplemente pone a prueba la calidad de lo construido y la eficacia de las instituciones.
Esa es quizá la mayor lección que hoy debemos aprender en Cotopaxi. Vivimos junto a uno de los volcanes más hermosos y emblemáticos del planeta, pero también junto a una amenaza natural permanente. No podemos evitar una erupción, del mismo modo que Venezuela no pudo impedir el terremoto. Lo que sí podemos hacer es prepararnos mejor, fortalecer nuestras instituciones, respetar la ciencia, construir con responsabilidad y mantener viva una cultura de prevención.
Hoy enviamos un abrazo sincero al pueblo venezolano. Que el dolor que atraviesan encuentre pronto consuelo y que la solidaridad internacional contribuya a reconstruir no solo edificios, sino también esperanzas.
Porque los desastres naturales son inevitables. Las tragedias humanas, muchas veces, no lo son. La prevención, la honestidad en la gestión pública y el compromiso de toda la sociedad siguen siendo la mejor defensa para proteger el bien más valioso que posee cualquier nación: la vida de su gente.

Opinion
“Venezuela nos recuerda que la prevención salva vidas: una lección para Cotopaxi“por Eduardo Salgado Enríquez 👉 Mientras el pueblo venezolano lloraba a sus mu***os tras los devastadores terremotos del 24 de junio, en la provincia de Cotopaxi miles de ciudadanos participaban en un simulacro de evacuación ante una eventual erupción del volcán Cotopaxi. Dos escenarios distintos, dos países hermanos, pero una misma enseñanza: cuando la naturaleza se manifiesta, la diferencia entre la tragedia y la esperanza suele depender de cuánto nos hayamos preparado.
Los sismos que sacudieron el norte de Venezuela constituyeron uno de los eventos sísmicos más destructivos de su historia reciente. Dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5 ocurrieron con apenas 39 segundos de diferencia, formando lo que los sismólogos denominan un "doblete sísmico", un fenómeno poco frecuente y extremadamente peligroso. Ambos terremotos fueron superficiales, con profundidades cercanas a los 10 kilómetros, lo que incrementó considerablemente la intensidad del movimiento en la superficie.
El Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS), mediante su sistema PAGER, emitió una alerta roja al estimar una probabilidad muy alta de pérdidas humanas masivas. Este modelo matemático combina tres variables fundamentales: la magnitud del terremoto, la vulnerabilidad de las edificaciones y la densidad poblacional expuesta. Cuando esos tres factores convergen, el resultado puede ser devastador.
Las imágenes provenientes de Venezuela estremecieron al mundo. Familias enteras buscaron con sus propias manos a sus seres queridos bajo montañas de concreto. Bomberos, voluntarios y ciudadanos trabajaron sin descanso en medio del dolor, mientras numerosas ciudades sufrían el colapso de servicios básicos, hospitales y vías de comunicación. Más allá de las cifras, el verdadero rostro de la tragedia fue el sufrimiento de miles de familias que, en cuestión de segundos, perdieron su hogar, sus recuerdos y, en demasiados casos, a quienes más amaban.
Desde Cotopaxi contemplamos esta tragedia con profundo respeto y solidaridad. Ecuador y Venezuela comparten mucho más que una historia latinoamericana; comparten pueblos trabajadores, familias luchadoras y ciudadanos que han aprendido a levantarse después de la adversidad. Hoy, el dolor venezolano también duele en nuestros corazones.
Precisamente por ello adquiere enorme significado el simulacro de evacuación desarrollado entre el 24 y el 26 de junio en nuestra provincia. Durante esos días participaron instituciones de primera respuesta, organismos técnicos, gobiernos locales, Fuerzas Armadas, Policía Nacional, cuerpos de bomberos y comunidades ubicadas en las zonas de influencia del volcán Cotopaxi. No fue un simple ejercicio administrativo; fue una demostración de que la preparación constituye la herramienta más poderosa para proteger la vida.
Los simulacros rara vez ocupan los titulares de los periódicos porque, afortunadamente, cuando funcionan no producen noticias dramáticas. Sin embargo, detrás de cada ruta de evacuación señalizada, de cada sirena probada y de cada familia que aprende hacia dónde dirigirse existe una enorme inversión en prevención que algún día puede significar la diferencia entre regresar a casa o no hacerlo.
El reciente informe del Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional insiste precisamente en esa necesidad de mantener la planificación y los ejercicios preventivos frente a un volcán cuya vigilancia científica continúa de manera permanente y cuya evolución exige preparación constante.
La tragedia venezolana también ha abierto un intenso debate sobre la calidad de muchas edificaciones construidas durante las últimas décadas y sobre la responsabilidad que tienen los gobiernos de garantizar viviendas seguras para la población. Diversos medios internacionales han recogido denuncias sobre fallas estructurales y cuestionamientos respecto de programas habitacionales que ahora serán objeto de investigaciones técnicas y judiciales.
Más allá de las posiciones políticas, existe una verdad universal: cuando la corrupción sustituye a la ingeniería, cuando el ahorro reemplaza a la seguridad y cuando las decisiones públicas ignoran los estudios técnicos, las consecuencias terminan pagándose con vidas humanas. La naturaleza no distingue ideologías. Un terremoto no pregunta por el partido político de quienes habitan un edificio. Simplemente pone a prueba la calidad de lo construido y la eficacia de las instituciones.
Esa es quizá la mayor lección que hoy debemos aprender en Cotopaxi. Vivimos junto a uno de los volcanes más hermosos y emblemáticos del planeta, pero también junto a una amenaza natural permanente. No podemos evitar una erupción, del mismo modo que Venezuela no pudo impedir el terremoto. Lo que sí podemos hacer es prepararnos mejor, fortalecer nuestras instituciones, respetar la ciencia, construir con responsabilidad y mantener viva una cultura de prevención.
Hoy enviamos un abrazo sincero al pueblo venezolano. Que el dolor que atraviesan encuentre pronto consuelo y que la solidaridad internacional contribuya a reconstruir no solo edificios, sino también esperanzas.
Porque los desastres naturales son inevitables. Las tragedias humanas, muchas veces, no lo son. La prevención, la honestidad en la gestión pública y el compromiso de toda la sociedad siguen siendo la mejor defensa para proteger el bien más valioso que posee cualquier nación: la vida de su gente.

14/06/2026

¿Tu carrera tiene futuro? La inteligencia artificial está cambiando el mercado laboral más rápido de lo que las universidades pueden reaccionar. Para 2030 se crearán 170 millones de empleos nuevos y desaparecerán 92 millones, según el Foro Económico Mundial.

“Nasuria 2098 y Cotopaxi: una mirada al futuro para comprender el presente“por Eduardo Salgado Enríquez 👉 La literatura ...
11/06/2026

“Nasuria 2098 y Cotopaxi: una mirada al futuro para comprender el presente“por Eduardo Salgado Enríquez 👉 La literatura tiene la extraordinaria capacidad de transportarnos hacia mundos imaginarios para ayudarnos a entender mejor la realidad que vivimos. Esa es precisamente una de las grandes virtudes de Nasuria 2098, la reciente novela del escritor, científico y físico ecuatoriano Holger Ortega, una obra que invita a reflexionar sobre el futuro de Sudamérica, la libertad, el conocimiento y el destino de nuestras sociedades.
La historia nos sitúa a finales del siglo XXI, en una Sudamérica unificada como un solo Estado, una vez que el imperio del norte ha desaparecido, esta parte del continente emerge como una gran potencia mundial, agrupada bajo una sola bandera: Nasuria, la gran nación del sur. El viejo sueño integracionista de Simón Bolívar se ha concretado, pero no de la manera que muchos imaginaron. La nueva potencia mundial es gobernada por una teocracia rígida y autoritaria encabezada por el canciller Errázuriz Neumann, quien durante décadas ha consolidado un sistema donde el orden, la moralidad y el control absoluto parecen haber eliminado la corrupción y el crimen.
A primera vista, se trata de una sociedad perfecta. Las máquinas inteligentes vigilan cada aspecto de la vida humana, las instituciones funcionan con eficiencia y la estabilidad parece garantizada. Sin embargo, bajo esa aparente armonía emerge una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando el orden se impone a costa de la libertad?
A través de los ojos del cabo Héctor Apolo, protagonista de la novela, el lector descubre un mundo clandestino donde aún sobreviven ideales considerados peligrosos por el régimen: la libertad de pensamiento, la curiosidad intelectual y el acceso al conocimiento. Es allí donde Ortega construye una poderosa reflexión sobre la fragilidad de las convicciones humanas y sobre la necesidad permanente de cuestionar aquello que parece incuestionable.
La obra evoca inevitablemente las advertencias planteadas por grandes autores como Ray Bradbury en Fahrenheit 451 o Aldous Huxley en Un mundo feliz. En ambos casos, las sociedades renuncian gradualmente a la libertad en nombre de la seguridad, el bienestar o la estabilidad. Ortega adapta estas preocupaciones universales a una realidad latinoamericana, creando una historia profundamente cercana para los lectores de nuestra región.
La novela resulta especialmente relevante para provincias como Cotopaxi. En una tierra marcada por una rica diversidad cultural, por tradiciones ancestrales y por una permanente búsqueda de mejores oportunidades para sus habitantes, la defensa de la educación y del pensamiento crítico adquiere una importancia fundamental.
Cotopaxi enfrenta enormes desafíos relacionados con la calidad educativa, el acceso al conocimiento científico y la construcción de una ciudadanía capaz de participar activamente en la vida democrática. En ese contexto, Nasuria 2098 nos recuerda que el progreso tecnológico por sí solo no garantiza una sociedad más humana. Las máquinas pueden procesar información, pero son las personas quienes deben preservar valores como la libertad, la creatividad y la capacidad de pensar por cuenta propia.
La trayectoria de Holger Ortega convierte además a esta novela en una propuesta singular. Formado como físico en la Escuela Politécnica Nacional y con estudios de maestría en aprendizaje automático en el Reino Unido, el autor combina su sólida formación científica con una profunda sensibilidad literaria. El resultado es una obra que dialoga simultáneamente con la ciencia, la filosofía, la política y la condición humana.
Quizá la mayor enseñanza de Nasuria 2098 sea que el futuro no está escrito. Cada generación tiene la responsabilidad de decidir qué tipo de sociedad desea construir. Las tendencias autoritarias, los fanatismos y la intolerancia que observamos en distintas partes del mundo no son fenómenos lejanos ni imposibles; son posibilidades reales que deben enfrentarse mediante una ciudadanía educada, informada y comprometida.
Para los habitantes de Cotopaxi, una provincia que mira constantemente hacia el futuro sin olvidar sus raíces, esta novela constituye una invitación a reflexionar sobre el papel que tendrán la educación, la ciencia y la cultura en las próximas décadas. Porque el verdadero desarrollo no consiste únicamente en alcanzar prosperidad material, sino también en preservar aquello que nos hace plenamente humanos: la libertad de aprender, de crear y de pensar.
Al final, la gran pregunta que plantea Holger Ortega no es cómo será Nasuria en 2098. La verdadera pregunta es qué decisiones estamos tomando hoy para que el futuro de Cotopaxi, del Ecuador y de toda nuestra región sea un futuro de conocimiento, libertad y dignidad.

Opinion
“Nasuria 2098 y Cotopaxi: una mirada al futuro para comprender el presente“por Eduardo Salgado Enríquez 👉 La literatura tiene la extraordinaria capacidad de transportarnos hacia mundos imaginarios para ayudarnos a entender mejor la realidad que vivimos. Esa es precisamente una de las grandes virtudes de Nasuria 2098, la reciente novela del escritor, científico y físico ecuatoriano Holger Ortega, una obra que invita a reflexionar sobre el futuro de Sudamérica, la libertad, el conocimiento y el destino de nuestras sociedades.
La historia nos sitúa a finales del siglo XXI, en una Sudamérica unificada como un solo Estado, una vez que el imperio del norte ha desaparecido, esta parte del continente emerge como una gran potencia mundial, agrupada bajo una sola bandera: Nasuria, la gran nación del sur. El viejo sueño integracionista de Simón Bolívar se ha concretado, pero no de la manera que muchos imaginaron. La nueva potencia mundial es gobernada por una teocracia rígida y autoritaria encabezada por el canciller Errázuriz Neumann, quien durante décadas ha consolidado un sistema donde el orden, la moralidad y el control absoluto parecen haber eliminado la corrupción y el crimen.
A primera vista, se trata de una sociedad perfecta. Las máquinas inteligentes vigilan cada aspecto de la vida humana, las instituciones funcionan con eficiencia y la estabilidad parece garantizada. Sin embargo, bajo esa aparente armonía emerge una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando el orden se impone a costa de la libertad?
A través de los ojos del cabo Héctor Apolo, protagonista de la novela, el lector descubre un mundo clandestino donde aún sobreviven ideales considerados peligrosos por el régimen: la libertad de pensamiento, la curiosidad intelectual y el acceso al conocimiento. Es allí donde Ortega construye una poderosa reflexión sobre la fragilidad de las convicciones humanas y sobre la necesidad permanente de cuestionar aquello que parece incuestionable.
La obra evoca inevitablemente las advertencias planteadas por grandes autores como Ray Bradbury en Fahrenheit 451 o Aldous Huxley en Un mundo feliz. En ambos casos, las sociedades renuncian gradualmente a la libertad en nombre de la seguridad, el bienestar o la estabilidad. Ortega adapta estas preocupaciones universales a una realidad latinoamericana, creando una historia profundamente cercana para los lectores de nuestra región.
La novela resulta especialmente relevante para provincias como Cotopaxi. En una tierra marcada por una rica diversidad cultural, por tradiciones ancestrales y por una permanente búsqueda de mejores oportunidades para sus habitantes, la defensa de la educación y del pensamiento crítico adquiere una importancia fundamental.
Cotopaxi enfrenta enormes desafíos relacionados con la calidad educativa, el acceso al conocimiento científico y la construcción de una ciudadanía capaz de participar activamente en la vida democrática. En ese contexto, Nasuria 2098 nos recuerda que el progreso tecnológico por sí solo no garantiza una sociedad más humana. Las máquinas pueden procesar información, pero son las personas quienes deben preservar valores como la libertad, la creatividad y la capacidad de pensar por cuenta propia.
La trayectoria de Holger Ortega convierte además a esta novela en una propuesta singular. Formado como físico en la Escuela Politécnica Nacional y con estudios de maestría en aprendizaje automático en el Reino Unido, el autor combina su sólida formación científica con una profunda sensibilidad literaria. El resultado es una obra que dialoga simultáneamente con la ciencia, la filosofía, la política y la condición humana.
Quizá la mayor enseñanza de Nasuria 2098 sea que el futuro no está escrito. Cada generación tiene la responsabilidad de decidir qué tipo de sociedad desea construir. Las tendencias autoritarias, los fanatismos y la intolerancia que observamos en distintas partes del mundo no son fenómenos lejanos ni imposibles; son posibilidades reales que deben enfrentarse mediante una ciudadanía educada, informada y comprometida.
Para los habitantes de Cotopaxi, una provincia que mira constantemente hacia el futuro sin olvidar sus raíces, esta novela constituye una invitación a reflexionar sobre el papel que tendrán la educación, la ciencia y la cultura en las próximas décadas. Porque el verdadero desarrollo no consiste únicamente en alcanzar prosperidad material, sino también en preservar aquello que nos hace plenamente humanos: la libertad de aprender, de crear y de pensar.
Al final, la gran pregunta que plantea Holger Ortega no es cómo será Nasuria en 2098. La verdadera pregunta es qué decisiones estamos tomando hoy para que el futuro de Cotopaxi, del Ecuador y de toda nuestra región sea un futuro de conocimiento, libertad y dignidad.

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