13/07/2026
Hay heridas que, mientras las vivimos, parecen no tener sentido.
Nos preguntamos por qué ocurrió, por qué a nosotros, por qué duele tanto.
Pero con el tiempo descubrimos algo que solo entiende quien ha recorrido el camino de la sanación: aquello que un día nos rompió puede convertirse en la fuente desde la que Dios consuela, fortalece y levanta a otros.
No porque el dolor haya sido bueno, sino porque el amor de Dios fue más grande que la herida.
Quizá hoy estés atravesando una etapa difícil. No te rindas. Tu historia aún no ha terminado. Lo que hoy te hace llorar puede ser mañana el testimonio que devuelva la esperanza a alguien más.
«Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que también nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios.» (2 Corintios 1,3-4)