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Cuando la política olvida su esencia se asfixia a la nación.Yoandy Izquierdo Toledo | 24 septiembre 2026  ​La política, ...
24/09/2026

Cuando la política olvida su esencia se asfixia a la nación.
Yoandy Izquierdo Toledo | 24 septiembre 2026


​La política, en su concepción más pura y noble, representa el arte supremo de servir a la comunidad buscando el bien común que significa la creación de condiciones económicas, políticas, sociales, culturales y de ejercicio de todos los derechos para que cada ciudadano encuentre el “hábitat” donde pueda desarrollar todas sus potencialidades.

La política, lejos de constituir un ejercicio del que se tiene que presumir o un trampolín para la consecución de privilegios particulares, se debe entender, únicamente, como una herramienta orientada a elevar la calidad de vida de los ciudadanos, garantizar sus derechos fundamentales y propiciar un entorno de justicia social y bien común.

Sin embargo, la historia contemporánea y el devenir cotidiano demuestran con demasiada frecuencia cómo este noble propósito es pe******do.

Cuando los funcionarios públicos desvirtúan su mandato y anteponen la preservación de prebendas o ideologías a las necesidades apremiantes de la población, el Estado deja de ser un protector que sea garante de los derechos humanos para convertirse en un mecanismo de opresión y asfixia.

La conducta ética no es un mero adorno retórico, ni un requisito burocrático que se cumple mediante declaraciones formales. Constituye el núcleo indispensable sobre el cual descansa la legitimidad de cualquier administración. Es, y debe ser, la brújula ética del servidor público.

Quien asume una responsabilidad pública acepta implícitamente un pacto de abnegación y responsabilidad frente a sus semejantes. Este compromiso exige una integridad inquebrantable, transparencia en la gestión de los recursos comunes y, sobre todo, una empatía genuina hacia los dolores y las esperanzas de los gobernados.
Cuando los dirigentes pierden de vista esta premisa fundamental, la estructura del Estado se corroe desde adentro. La función pública se transforma entonces en un fin en sí mismo, donde las estructuras de poder se blindan frente al escrutinio ciudadano y priorizan la supervivencia de la élite dominante por encima del bienestar general. La falta de probidad moral erosiona la confianza institucional, profundiza la desigualdad y condena a las sociedades al estancamiento y a la desesperanza.

El caso cubano podría ser un espejo de este dilema ético que adquiere una dimensión dramática y dolorosa. Durante décadas, la maquinaria gubernamental de la Isla ha justificado su existencia bajo la narrativa de la defensa de la soberanía nacional y la justicia social. No obstante, la realidad cotidiana de millones de ciudadanos contrasta de forma radical con ese discurso oficial. El pueblo cubano padece una asfixia sistémica caracterizada por la escasez crónica de alimentos, la precariedad de los servicios básicos, la falta de libertades esenciales y la desesperanza generalizada que empuja a generaciones enteras al éxodo.

La persistencia de esta crisis estructural evidencia una desconexión absoluta entre la cúpula dirigente y las necesidades reales de la población. Lejos de asumir la responsabilidad histórica de propiciar un cambio profundo que alivie el sufrimiento ciudadano, la burocracia gobernante tiende a refugiarse en la confrontación retórica, en el "enemigo histórico" y en la cerrazón institucional, perpetuando un modelo que asfixia la capacidad creativa del ciudadano y la capacidad productiva de toda una nación.

Una muestra reciente de esta desconexión moral se ha evidenciado en los escenarios multilaterales, como la actuación de la delegación cubana en la Organización de las Naciones Unidas, hace apenas dos días. En lugar de aprovechar los espacios de interlocución internacional para debatir con altura diplomática sobre las soluciones urgentes que demanda la crisis humanitaria y económica de nuestro país, la representación oficial suele optar por la huida, la confrontación ideológica vacía o el rechazo sistemático a cualquier crítica sobre la falta de garantías democráticas.

Este tipo de reacciones escenificadas en Nueva York reflejan con claridad un síntoma preocupante: la prioridad de los funcionarios no es interceder por el bienestar del ciudadano de a pie que sufre la escasez en cada barrio de Cuba, sino proteger y mantener una narrativa oficial a cualquier costo.

Abandonar el diálogo o cerrar los oídos ante la evaluación internacional de la crisis no resuelve el hambre ni detiene el colapso de la infraestructura nacional, solo confirma el aislamiento de una élite incapaz de sintonizar con el dolor de su propio pueblo.

La política necesita con urgencia un retorno a sus raíces humanistas. Esto significa poner a la persona humana como centro, sujeto y fin de toda la política y de todas las instituciones. Un vuelco drástico dirigido hacia la recuperación del sentido político. La transformación de Cuba, y de cualquier nación atrapada en dinámicas similares, exige funcionarios guiados por una profunda convicción ética, dispuestos a anteponer la dignidad humana por encima de los dogmas partidistas. Solo cuando la política recupere su vocación de servir, las naciones podrán sacudirse de todos estos males y abrir las puertas hacia un futuro de libertad y prosperidad genuina.

¿INDIVIDUO, MASA O PERSONA Y CIUDADANO?Por Dagoberto Valdés Hernández Lunes, 21 de septiembre de 2026.Algunos lectores s...
21/09/2026

¿INDIVIDUO, MASA O PERSONA Y CIUDADANO?
Por Dagoberto Valdés Hernández
Lunes, 21 de septiembre de 2026.

Algunos lectores se sorprendieron, o directamente criticaron, en mi columna del lunes pasado, el uso del adjetivo “personalista” para caracterizar a una nueva Constitución para la nueva República de Cuba. Agradezco siempre todos sus comentarios que me ayudan a mejorar. Ojalá puedas llegar al final de esta columna aclaratoria.

Entre las opiniones recibidas estaba la que nos preguntaba: ¿Cómo Convivencia iba a proponer una Constitución personalista cuando con frecuencia “personalista” se entiende por individualista, egocentrista, exceso de protagonismo, caudillista? Argumentaban que eso sería una negación del espíritu y la filosofía del Centro de Estudios Convivencia, cuyo nombre es ya un programa de vida en comunidad.

Quisiera dedicar esta columna a tratar de esclarecer algunos términos. Vale decir, distinguir sus contenidos para identificar sus significados y poder usarlos teniendo conocimiento de lo que queremos decir. También para contribuir a la educación cívica de las nuevas generaciones que tanta falta nos hace a todos.

Distingamos: individuo, masa, persona, ciudadano y nación.

1. Individuo

Es la categoría múltiple (lógica, biológica, psicológica, sociológica) que expresa en la lengua latina lo que expresaba, en una concepción ya superada, la palabra “átomo” en griego: una unidad indivisible. De ahí: individuo. El individuo indica, por una parte, su vecindad con “género y especie” en el orden lógico, y por la otra, un carácter de “unidad visible” que remite a la “unicidad” como algo específico, insustituible. En el orden social, asumido sobre todo por el pensamiento y estructuración liberales de la sociedad, se convierte en paradigma de valor asociado con la libertad como irreductible y por ello paradigmático, si bien es una unidad aislada. Es el equivalente a una “mónada”, según la concepción del filósofo alemán del siglo XVII, Gottfried Leibniz quien definió las mónadas como los elementos últimos del universo, indivisibles y dotados de fuerza activa. Que “no tienen puertas ni ventanas por donde pueda entrar o salir” algo; las mónadas son completamente independientes y cerradas en sí mismas. No interactúan de forma causal entre ellas y cada mónada refleja el universo entero desde su propio punto de vista.

Segun la lógica de la mónada de Leibniz, un individuo es un ser cerrado en sí mismo, sin salir de su propio punto de vista, ni dejar entrar otras perspectivas. De ahí su proximidad con el “individualismo” porque desconoce la intersubjetividad, al no poseer subjetividad, sino, paradójicamente, ser “uno más en un conjunto”, designando al número de la agrupación masiva, amorfa, inconsciente, manipulable, de la “sociedad de masas” o del “universo totalitario”.

El individualismo es la dinámica de la atomización de la sociedad en un “sálvese el que pueda”. Sobre esta base filosófica individualista no quisiera que se adoptara una nueva Constitución para Cuba.

2. Masa

El concepto de masa y el fenómeno de la masificación, se producen cuando los seres humanos se despersonalizan, se amalgaman, son convertidos en piezas de un mecanismo, sin criterio propio, sin libertad de discernimiento ni de decisión responsable. La masificación diluye al ser humano en un conjunto sin rostro, sin libertad personal y lo coloca a merced de un Estado, de un Partido o de una ideología. La despersonalización y la masificación son el caldo de cultivo, el rebaño, por el cual se puede imponer y mantener el totalitarismo.

Sobre esta base filosófica masificadora y totalitaria no quisiera que se adoptara una nueva Constitución para Cuba.

3. Persona

Es una categoría “antropológica”, en buena medida opuesta a las anteriores, debido a sus características de: conciencia, voluntad y relación. Ejemplificadas por su:

a) subjetividad: un ser humano que es consciente de su ser y responsabilidad, que es un agente lúcido de su acción como proyecto.

b) su intersubjetividad: su salida de sí hacia los otros que se hacen y hacemos “prójimos” (próximos), capacidad de acogida, de interrelación y de trascendencia, por las cuales se “realiza” y crea obras en colaboración con otros. Todo eso dota a la persona de una dignidad intrínseca, no conferida por ninguna instancia exterior; irrenunciable, inalienable. Se “es” persona antes, al margen y como origen, de su “obrar y hacer”.

Precisamente por ese “misterio de creatividad” de la historia y del lenguaje, el concepto de “persona” que hace siglos significaba la “inautenticidad”, (porque el origen de la palabra persona era la máscara del personaje en el teatro) se convierte, en buena medida por el uso cristiano aplicado a la persona de Cristo, en un concepto que resume toda la potencia de autenticidad y valor, gracias a los atributos de toda persona: “conciencia de sí, voluntad libre, capacidad de encuentro creativo, donación servicial”. La persona humana representa, por antonomasia, el “sujeto consciente, libre, responsable”, solidario, que vive en comunidad, que forma la nación, que vive en relación, que forma parte de un tejido de convivencia y desempeño social conservando y creciendo en identidad histórico-cultural.

La diferencia entre individuo y persona es que el primero está encerrado en su egoísmo, aislado en un proyecto sin puertas y ventanas, creyendo que el mundo termina justo frente a sus pies. Y la persona, en cambio, es un ser en sí mismo y en relación con los demás, con el mundo y con Dios. La persona crece, se desarrolla y disfruta cuando se abre a esas tres trascendencias sin perder, ni diluir su propia identidad irrepetible que siempre puede ir más allá porque su mundo se ensancha cuanto más se relaciona y se entrega libre y voluntariamente. Ser individuo es una forma de vivir autolimitado por el egocentrismo. Ser persona es un yo abierto a la alteridad. Ser persona es la forma plena de nuestra humanidad. Por tanto, no se debe confundir el ser personalista con el promover un protagonismo excesivo y caudillista. Ser personalista es reconocer, promover y defender el total desarrollo de nuestra humanidad personal y social. Ser personalista es ser humanista en su más alto grado buscando la dignidad plena del hombre, todos sus derechos y el bien común que no es más que el conjunto de condiciones políticas, económicas, sociales y culturales que garantizan que cada persona pueda ejercer sus derechos y llegar a su plenitud personal. No hay que confundir el bien común ni con socialismo, ni con comunismo, ni con ninguna ideología. El bien común es para la persona, está al servicio de la persona, lo que equivale a decir que es también para la comunidad si entendemos bien la dimensión social de toda persona.

Yo quisiera que una nueva Constitución para Cuba tuviera como filosofía e inspiración ese escalón más alto, más pleno, más incluyente, capaz de alcanzar el mayor consenso, que es una Constitución personalista. Digo de mayor consenso porque concibe a la República (res-publica=cosa pública) unida y consensuada sobre el pivote de la dignidad y los derechos de toda persona humana, consenso imposible de lograr por la individualista competencia propia del mercado, ni por el autoritarismo masificador propio del Estado, ni por la hegemonía de una ideología, modelo económico o religión, que intente excluir a las demás. La persona humana es el punto de encuentro y consenso más alto, incluyente y libre. Nada edifica más consenso que la dignidad y los derechos humanos.

4. Ciudadano

Por último, es también necesario y oportuno distinguir la categoría de ciudadano.

Ciudadano es una persona que asume su responsabilidad cívica, que ejerce conscientemente sus derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales, y que pone en práctica cotidiana la soberanía ciudadana que le es reconocida en sistemas democráticos. Ser ciudadano es un concepto “político”, enraizado en la tradición de la dignidad propia de la “urbe romana”, aunque su ejercicio fundamental reside en la Modernidad liberal democrática. Modernamente no hay sociedad política que respete la “dignidad personal” y “sentido del bien común” en libertad, justicia y solidaridad, sin respeto y promoción de la ciudadanía, como protagonismo y autonomía de la persona.

Todo esto respetando la natural jerarquía antropológica:

– Se es criatura con dignidad personal.
– Se vive en comunidad de semejantes (personas).
– Se con-vive con personas que tienen derechos y deberes en una comunidad de ciudadanos.
– A la comunidad de ciudadanos la llamamos: nación.

5. Nación

Debemos también distinguir nación y pueblo. Nación es, como dijimos, la comunidad de las personas que ejercen libre y conscientemente su ciudadanía en los ámbitos personal y social. El concepto de pueblo ha sido más manipulado, más mal interpretado, muchas veces tratándolo como masa, o hablando en su nombre sin mandato expresado en elecciones libres. Espero que nación y pueblo puedan rescatar un día su sentido primigenio y soberano por mandato de sus propios ciudadanos.

Llegar a ser y a ejercer como ciudadano es alcanzar un alto grado de plenitud como persona en su dimensión social.

Ojalá, querido lector, que hayas podido llegar hasta el final de esta columna y que te haya podido servir para aclarar, aprender, distinguir y vivir tu condición de persona y de ciudadano.

Solo así podremos llegar a formar una nación libre, responsable y abierta, capaz de darse a sí misma una nueva y eficaz Constitución de la República cuyo espíritu, letra y filosofía, se fundamente y edifiquen en la garantía de la dignidad plena de la persona humana.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.
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Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).

Algunos lectores se sorprendieron, o directamente criticaron, en mi columna del lunes pasado, el uso del adjetivo "personalista" para caracterizar a una nueva Constitución para la nueva República de Cuba. Agradezco siempre todos sus comentarios que me ayudan a mejorar. Ojalá puedas llegar al fina...

  del Centro de Estudios Convivencia - CEC  Hoy 17 de septiembre de 2026 se presentó el Mayor John, oficial de la Seguri...
17/09/2026

del Centro de Estudios Convivencia - CEC

Hoy 17 de septiembre de 2026 se presentó el Mayor John, oficial de la Seguridad del Estado en el domicilio de Dagoberto Valdés Hernández, director del CEC, para comunicarle a los miembros de Convivencia que tienen prohibido asistir a la actividad “Noches americanas” que organiza la Embajada de los Estados Unidos en La Habana. Dijo: “Se lo venimos a decir con anticipación para que no pasen una mala noche”.
Continúa el hostigamiento a los miembros del Centro de Estudios Convivencia.

La  , los vulnerables y la realidad de CubaYoandy Izquierdo Toledo | 17 septiembre 2026 Hablar de ayuda humanitaria en e...
17/09/2026

La , los vulnerables y la realidad de Cuba
Yoandy Izquierdo Toledo | 17 septiembre 2026


Hablar de ayuda humanitaria en el escenario geopolítico contemporáneo exige, primeramente, despojar al término de cualquier eufemismo diplomático o instrumentalización partidista. Según su propio concepto, la asistencia humanitaria constituye un auxilio en situaciones de emergencia, motivado de forma exclusiva por imperativos éticos de solidaridad y el respeto a la dignidad humana, y tiene como objetivo mitigar el sufrimiento extremo, salvar vidas y proveer bienes de primera necesidad (alimentos, medicinas, artículos de higiene) ante situaciones de desastre natural, crisis severas, o colapso sistémico.

​Para que un país o territorio califique de forma legítima como receptor de esta clase de socorro internacional, deben cumplirse características críticas muy específicas: un estado de vulnerabilidad generalizada, la incapacidad manifiesta del Estado local para garantizar la subsistencia básica de su población y, sobre todo, la existencia de una necesidad imperiosa e ineludible.

Cada uno de nosotros podría hacer el análisis de dónde encaja mejor la situación de nuestro pueblo. En el caso de Cuba, este diagnóstico humanitario choca frontalmente con la narrativa oficial permanente. Desde las altas esferas del poder gubernamental se sostiene de manera dogmática que en la Isla “no hay pobreza ni necesidades” insatisfechas que justifiquen la intervención de donantes extranjeros, apelando a los logros históricos en materia de salud y educación.

Sin embargo, esta narrativa oficial opera como un velo de negación frente a una cotidianeidad erosionada por la escasez crónica de alimentos, la inflación galopante, el colapso del sistema electroenergético y la precariedad extrema en la que malvive y sobrevive la mayor parte de la ciudadanía.

La realidad social del cubano de a pie transcurre entre apagones cada vez mayores, colas interminables, farmacias vacías y la imposibilidad tangible de adquirir el sustento básico con los salarios devaluados del Estado. Desmentir la retórica oficial no es un capricho ideológico, ni una actividad “contrarevolucionaria”, ni un ejercicio de la disidencia y oposición, es un acto de estricta justicia humana. Reconocer que la crisis existe es el paso previo e indispensable para que la ayuda internacional comience a fluir hacia donde verdaderamente se necesita; y más que la ayuda internacional, que empiece a moverse el cambio que requiere el país hacia mejores condiciones de vida de sus ciudadanos.

Cuando un gobierno extranjero, como es el caso reciente de los Estados Unidos a través de fondos y paquetes de asistencia, decide enviar suministros a la Isla, la gestión de dichos recursos no puede ni debe regirse por los opacos mecanismos habituales de las estructuras estatales centralizadas. La ayuda humanitaria exige una serie de requisitos éticos y operativos inquebrantables.

​El primero de ellos es la transparencia radical, tajante y en todo momento del proceso. Los donativos no pueden evaporarse en los laberintos de la burocracia gubernamental, ni ser desviados hacia tiendas para luego ser vendidos, ni pueden aparecer en redes de distribución privilegiadas.

El segundo principio fundamental es la selectividad basada en la verdadera necesidad. La ayuda humanitaria nunca puede ser para todos, porque los recursos de emergencia son siempre limitados frente a una crisis generalizada. Su vocación natural es focalizarse estrictamente en los sectores más vulnerables: ancianos que viven solos, mujeres embarazadas, personas con discapacidad y familias con niños pequeños en situación de alto riesgo. Pretender repartir una asistencia de emergencia de forma equitativa y universal en un país sumido en el desabastecimiento equivale a diluir su impacto y vaciarla de sentido práctico, convirtiéndola en un espejismo inútil.

El tercer principio consiste en definir de la mejor forma posible las vías de entrega, siendo este un aspecto crucial que la opinión pública y los observadores deben aquilatar con rigor. La distinción institucional de los canales de entrega repercutirá, fundamental y directamente en el éxito de la ayuda humanitaria. Es un grave error conceptual e informativo confundir el origen de los fondos con el ejecutor sobre el terreno, máxime en este caso que se trata del archiconocido enemigo histórico que la revolución ha buscado como pretexto para justificar la mala gestión gubernamental y los problemas internos, a consecuencia del modelo fallido que se ha seguido durante más de seis décadas.

Cuando se habla del flujo de asistencia enviado desde los Estados Unidos, este no se entrega de gobierno a gobierno ni a las estructuras ministeriales del régimen cubano. El vehículo operativo que hace posible que estos módulos de alimentos y productos de higiene lleguen a su destino final es Cáritas Cuba, en coordinación con agencias católicas de otros países como Catholic Relief Services.

​Esta distinción es esencial desde el punto de vista ético y práctico. Al canalizarse a través de la Iglesia católica y sus redes de voluntarios parroquiales, se establece un cortafuegos contra la manipulación política. Como han señalado reiteradamente las autoridades eclesiásticas, la distribución de los kits de ayuda no discrimina ideologías, creencias religiosas o afinidades políticas. Se entrega puerta a puerta o comunidad por comunidad basándose exclusivamente en fichas de evaluación de vulnerabilidad social, con previas visitas y estudios de casos.

En la compleja encrucijada cubana que vivimos en la actualidad, la ayuda humanitaria adquiere una dimensión profundamente ética. Por un lado, las autoridades de la Isla se encuentran atrapadas en una contradicción constante: aceptan de manera tácita la asistencia extranjera ante la presión insostenible de la crisis, pero a menudo intentan minimizarla o politizarla discursivamente para evitar reconocer el fracaso de su propio modelo económico. Por otro lado, para la comunidad internacional y los donantes, el desafío radica en sostener el compromiso humanitario sin convalidar los abusos de poder del sistema.

La ayuda procedente de Estados Unidos y gestionada por Cáritas demuestra que la solidaridad civil y religiosa puede sortear barreras ideológicas si se mantiene firme en sus principios de imparcialidad, fiscalización y rigor. En momentos donde la supervivencia misma de miles de familias se encuentra amenazada, los debates geopolíticos deben subordinarse al imperativo categórico de la ayuda al prójimo, como nos convoca el primero de los mandamientos.

Salvar la dignidad de un anciano o garantizar el alimento de un niño en Cuba no es un favor político ni una concesión de principios, es una exigencia moral inaplazable que interpela la conciencia de todos los actores.

Ayudemos a que fluya la comunicación en torno a este tema, poniendo como base el imperativo ético que exige la ayuda humanitaria, frente a la instrumentalización política que puede limitar lo que es, y seguirá siendo, una manera eficaz de vivir el amor a través de la caridad.

Hablar de ayuda humanitaria en el escenario geopolítico contemporáneo exige, primeramente, despojar al término de cualquier eufemismo diplomático o instrumentalización partidista. Según su propio concepto, la asistencia humanitaria constituye un auxilio en situaciones de emergencia, motivado d...

La salida que no basta: agencia ambivalente, merecimiento y solidaridad fragmentada en la diáspora cubana post-2021Arman...
17/09/2026

La salida que no basta: agencia ambivalente, merecimiento y solidaridad fragmentada en la diáspora cubana post-2021
Armando Ch Noriega | 16 septiembre 2026


Hace más de cinco décadas, Albert Hirschman planteó que frente al deterioro insoportable de una organización o un régimen, los individuos que hacen vida bajo esas condiciones disponen de tres respuestas posibles: elegir la salida (exit), ejercer la voz (voice) o asumir la lealtad (loyalty). Su intuición más incómoda era que la salida, lejos de fortalecer la voz, puede debilitarla: quienes se van dejan de presionar desde dentro, y el régimen se libera de su disidencia más activa sin tener que reprimirla. Cuba post-11J parece confirmar ese temor.

El estallido de julio de 2021 —la mayor ola de protesta popular, descentralizada y territorialmente dispersa en la historia reciente de la isla, respondida desde el Estado con una feroz y masiva represión— coincidió con la apertura de válvulas de salida sin precedentes: visas de terceros países facilitadas por los acuerdos de la dictadura con sus aliados, la ruta nicaragüense y luego la Ley de Ajuste Cubano y el parole humanitarioactuando como red de aterrizaje. El resultado ha sido una descompresión demográfica del descontento: cientos de miles de personas, muchas de ellas jóvenes que protestaron, fueron detenidas o simplemente agotaron su margen de tolerancia, salieron del país en apenas tres años.

Sin embargo, ese éxodo masivo no se ha traducido en un exilio político “renovado, consciente y movilizado” a la altura de su tamaño. La pregunta que necesitamos intentar responder no es solo empírica sino teórica: ¿por qué la salida no se convierte automáticamente en voz, y bajo qué condiciones sí podría hacerlo? Para pensarlo, resulta fértil trasladar el marco explicativo de otro exilio contemporáneo —el de los rusos que emigraron tras la invasión a Ucrania de 2022— el cual comparte con el cubano varios rasgos estructurales: una salida masiva, heterogénea y escalonada en oleadas; un régimen de origen autoritario que criminaliza la disidencia; y sociedades de acogida que no siempre distinguen con claridad entre migración económica y exilio político. Este enfoque, desarrollado por lo más avanzado de la ciencia social rusa —ella misma, exiliada en Europa tras el endurecimiento del putinismo— identifica tres conceptos interrelacionados—agencia ambivalente, merecimiento y solidaridades fragmentadas— que, lejos de ser categorías exóticas, iluminan bien las tensiones del actual estancamiento cubano.

: por qué la salida no garantiza la voz

El primer concepto —agencia ambivalente— sostiene que la relación entre exilio y activismo transnacional no es una extensión automática de la disidencia a través de fronteras, sino que está marcada por tensiones profundas entre empoderamiento y desesperación, esperanza y agotamiento, solidaridad y desvinculación. La migración no libera per se una energía política latente: la reconfigura, y puede tanto potenciarla como apagarla. Investigaciones sobre los migrantes rusos de guerra, basadas en cientos de entrevistas, muestran que la emigración no habilita automáticamente la continuidad del activismo político, incluso entre quienes antes eran disidentes comprometidos. El propio abandono del país modifica la estructura de incentivos: desaparece la urgencia cotidiana de la represión directa, aparecen las urgencias de la supervivencia material (empleo, vivienda, papeles, idioma), y el vínculo con la causa de origen debe sostenerse por convicción y no por necesidad inmediata.

En el caso cubano esto se agrava por dos factores propios. Primero, el 11J no produjo un liderazgo articulado ni una organización centralizada capaz de emigrar como estructura y reconstituirse en el exterior —a diferencia, por ejemplo, de ciertos exilios con partidos o movimientos ya formados antes de la salida—. Los nuevos migrantes cubanos llegan como individuos o núcleos familiares dispersos, no como cuadros relocalizados de una causa que se reorganiza en el nuevo territorio. Segundo, el propio “status especial” que reciben —parole, asilo, TPS potencial— exige, paradójicamente, que se presenten ante el sistema migratorio estadounidense como víctimas de persecución política, lo cual politiza su narrativa de entrada, pero no necesariamente su proyecto de vida posterior. Uno puede alegar riesgo político para cruzar la frontera y, una vez dentro, dedicar toda su energía a estabilizarse económicamente sin que eso sea, aparentemente, contradictorio: es exactamente la ambivalencia que el concepto describe.

Entonces ¿bajo qué condiciones, entonces, la agencia se inclina hacia la movilización y no hacia el repliegue? La evidencia comparada sugiere al menos tres: (1) la existencia de estructuras de oportunidad política en el país de acogida —espacios institucionales, mediáticos o electorales donde la voz encuentre eco real, no solo catarsis—; (2) la densidad de vínculos con la sociedad de acogida, que ancla el activismo en alianzas duraderas en vez de dejarlo flotando en un enclave autorreferente; y (3) el tiempo transcurrido desde la salida, que opera en dos direcciones opuestas: consolida identidad exiliada pero también reduce, con el paso de los años, la probabilidad de que la persona mantenga alta intensidad de activismo si no encontró un canal temprano de participación en las actividades en pro del cambio en Cuba. Miami ofrece, en teoría, la primera condición con creces —medios en español, congresistas cubanoamericanos, un ecosistema institucional del exilio histórico—, pero esa misma sobreabundancia de infraestructura puede generar el efecto inverso: el recién llegado encuentra un campo ya ocupado, con códigos, jerarquías y relatos fijados por generaciones anteriores, y opta por la apatía por una mezcla de falta de convicción e incapacidad para encontrar un lugar propio, acorde a sus nuevos rasgos y demandas, dentro de esa estructura largamente establecida y, en cierto modo, estancada.

: presentarse como víctima sin negarse como agente

El segundo concepto —merecimiento— nombra algo que cualquier migrante politizado experimenta en carne propia: para obtener protección, estatus o solidaridad, hay que demostrar que se la merece, y esa demostración obliga a encajar la propia biografía en categorías prefabricadas por el país receptor. En investigaciones sobre refugiados rusos y ucranianas en Europa documenta cómo la ayuda de base termina construyendo jerarquías racializadas y generizadas de “doble merecimiento”, en las que la persona debe mostrarse simultáneamente como agente capaz y como vulnerable para activar el apoyo. Es un doble vínculo: demasiada agencia hace perder la etiqueta de víctima que abre las puertas; demasiada vulnerabilidad afecta tu reconocimiento como sujeto político, quedando reducido a objeto de compasión.

Los cubanos que emigran alegando riesgo político tras el 11J viven ese doble vínculo de forma aguda, y ahora mismo lo padecen en condiciones particularmente hostiles. El parole humanitario CHNV, que benefició a más de 530,000 personas de Cuba, Haití, Nicaragua y Venezuela, fue revocado por la administración Trump apenas asumido el cargo. Y aunque hubo litigios y suspensiones judiciales temporales, un tribunal de apelaciones autorizó finalmente que el gobierno procediera con la revocación del estatus legal y la autorización de trabajo de esos migrantes. En ese clima, declarar persecución política deja de ser solo un mero relato identitario: se convierte en el argumento jurídico que puede diferenciar la residencia de la deportación, ya que quienes puedan demostrar persecución política en su país de origen pueden optar por solicitar asilo como vía alternativa al parole caído. Por tanto, la demanda de “merecimiento” no es aquí una metáfora académica: es un trámite migratorio con fecha límite.

Esa presión estructural produce dos riesgos. El primero es la reproducción de lógicas excluyentes: si el “buen exiliado” es el que sufrió represión directa, detención o cárcel, se devalúa silenciosamente a quien salió por el colapso económico, el hastío generacional o la falta de futuro —motivos igual de legítimos pero menos “fotogénicos” ante un tribunal de asilo o ante la opinión pública del enclave—. Lo cual divide a los propios migrantes entre exiliados de primera y de segunda categoría, exactamente el tipo de estratificación entre merecedores y no merecedores que la literatura actual sobre los migrantes y exiliados rusos en Europa describe en su apartado de la ayuda concecida a refugiados. El segundo riesgo es la pérdida de autenticidad: quien aprende a narrar su salida en el lenguaje que el sistema espera —persecución, riesgo, temor fundado— puede terminar performando una identidad política que no sintió con la misma intensidad antes de partir. Lo cual, paradójicamente, erosiona la credibilidad del propio relato del exilio cuando otros actores —dentro o fuera de la comunidad— lo perciben como instrumental.

Aquí la interrogante analítica, que es a la vez un problema práctico, es cómo gestionar esa tensión sin caer en ninguno de los dos extremos. La clave, a juzgar por la experiencia comparada de las primeras oleadas del exilio cubano, está en desplazar el eje de la demanda: en vez de competir por ser la víctima más merecedora, construir un relato colectivo donde el merecimiento se funde en la legitimidad de la causa —la naturaleza del régimen que se abandona— y no en el sufrimiento individual verificable caso por caso. Pero esto exige liderazgo y conciencia capaces de traducir biografías dispares en una narrativa común sin borrarlas; algo que el actual exilio cubano post-2021, disperso y sin voceros reconocidos por consenso, todavía no ha logrado cabalmente.

: la diáspora como campo de disputa, no bloque

El tercer concepto —solidaridades fragmentadas— asume que la diáspora nunca es un actor unificado: es un campo donde compiten proyectos de identidad y de representación, a veces abiertamente enfrentados entre sí. Los estudios sobre migrantes rusos muestran comunidades divididas entre quienes activan una rusidad politizada afín al Kremlin y quienes construyen una identidad antibélica y disidente, con instituciones, redes y hasta visas humanitarias distintas para cada proyecto. La solidaridad, lejos de ser un dato dado, aparece como algo que hay que construir activamente en medio de esa fragmentación; de ahí que el propio trabajo de activismo migratorio, cuando ocurre, sea descrito como un acto de solidaridad en sí mismo, no como su simple consecuencia.

El exilio cubano tiene su propia arquitectura de fragmentación, más antigua y sedimentada: hay una visible brecha generacional entre el exilio histórico de los años sesenta y setenta —anticastrista, con memoria de confiscaciones, resistencia y ruptura frontal— y las oleadas más recientes, incluida la del Mariel, los “balseros” de los noventa y ahora la posterior al 11J, que salen de una Cuba distinta, con relaciones familiares y económicas activas con la isla que el exilio histórico no tenía o rechazaba. A eso se suman divisiones ideológicas sobre el embargo, el diálogo con el régimen, las remesas y los viajes, y divisiones de clase y capital social entre quienes llegan con redes profesionales o culturales activadas y quienes llegan sin ellas. El resultado es una diáspora que comparte territorio —Miami, sobre todo— pero no necesariamente proyecto: se trata de distintas “diasporizaciones” que compiten por representar “lo cubano” ante la sociedad estadounidense y ante Cuba misma.

Superar esa fragmentación no requiere borrar las diferencias —una empresa además ilusoria— sino construir lo que podría llamarse una solidaridad de mínimos: acuerdos operativos concretos (asistencia legal ante la crisis del parole, defensa de la Ley de Ajuste Cubano, denuncia coordinada de la represión en la isla) que no exijan previamente resolver quién es “más” exiliado, ni armonizar visiones sobre el futuro político de Cuba. La experiencia rusa sugiere que la solidaridad más efectiva no nace de una identidad compartida idealizada, sino de la cooperación práctica entre actores distintos frente a una necesidad común y verificable —ayuda legal, protección frente a la deportación, acompañamiento migratorio—, que con el tiempo genera confianza y after eso, eventualmente, proyecto político compartido. Tomar conciencia de ello, en una Cuba emigrada/exiliada con suficientes recursos materiales y humanos pero limitadas capacidades reflexivas, organizacionales y de liderazgo, es todavía un reto a superar.

: la voz como construcción, no como consecuencia

La respuesta al dilema planteado por Albert Hirschman y recuperado aquí para el caso cubano es que la salida no se convierte en voz por sí sola pero tampoco se apaga automáticamente en apatía: ambas son posibilidades abiertas por una misma agencia ambivalente. Lo que decide el predominio de una sobre otra es la existencia de estructuras —de oportunidad política, de reconocimiento social, de organización interna— capaces de sostener el paso de la biografía individual a la acción colectiva. El estancamiento actual de la diáspora cubana post-2021 no revela per se una insuperable ausencia de conciencia política entre los recién llegados de la isla. Responde tambien a la carencia de estructuras intermedias eficaces en la comunidad de acogida: liderazgos ampliamente representativos —que traduzcan el merecimiento individual en causa común sin jerarquizar sufrimientos ni militancias— y redes solidarias que absorban la nueva oleada sin subordinarla a los códigos tradicionales— en un grave momento migratorio —marcado por la revocación del parole y la amenaza de deportación— que consume en supervivencia jurídica parte de atención y lasenergías que en otras condiciones podría volcarse a la movilización por el cambio en el país que dejaron atras.

Dicho de otro modo: para la diáspora cubana, como para cualquier otra, la voz no es un derivado natural de la salida, sino un producto político que hay que construir deliberadamente. Haciéndolo con la misma intención y eficacia con que se construyó, en su momento, el exilio histórico que hoy sirve —a veces como modelo, a veces como tribunal— de referencia para la nueva generación de cubanos desarraigados por el castrismo.

Hace más de cinco décadas, Albert Hirschman planteó que frente al deterioro insoportable de una organización o un régimen, los individuos que hacen vida bajo esas condiciones disponen de tres respuestas posibles: elegir la salida (exit), ejercer la voz (voice) o asumir la lealtad (loyalty). Su ...

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