31/03/2026
Lo que también sostiene la Pascua
Vivimos en un mundo que nos empuja a un ritmo constante.
El tiempo se diluye entre días, semanas y años… y avanzamos casi sin notarlo.
Y en ese tránsito, algo esencial se va quedando atrás: la capacidad de detenernos.
Falta ese instante de calma.
Ese pequeño espacio donde simplemente se pueda estar, sin exigencias, sin prisa.
Entonces aparece una pausa en el calendario. No siempre es buscada. A veces, ni siquiera se comprende del todo.
Pero llega, discreta… como una invitación que no interrumpe, solo se ofrece.
Mientras afuera todo se llena de movimiento —planes, viajes, ruido—, adentro se abre otra posibilidad: recogerse. Volver.
Volver a lo sencillo.
A una conversación sin urgencia.
Al silencio que acompaña. A ese lugar interno donde no hace falta sostener ninguna apariencia.
Hay algo profundamente humano en eso. En acompañarse, en reconocer lo que sí está, incluso cuando no todo encaja.
Quizá no haga falta algo extraordinario. Más bien, podría tratarse de soltar el exceso.
De permitir que el tiempo no se escape sin haber sido vivido.
Porque, más allá de cualquier fecha, siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo.
No como un gesto
grandilocuente… sino como un movimiento íntimo.
Casi imperceptible.
Como quien respira… y decide, por un momento, quedarse.
Y tal vez por eso la Pascua —más allá de cómo cada quien la entienda— ha logrado sostenerse en el tiempo:
Porque toca algo profundamente humano.
La posibilidad de renacer. De soltar lo que pesa. De volver a empezar.
Quizá, en medio de estos días que muchos viven hacia afuera, valga la pena mirar hacia adentro…
Y preguntarse qué está pidiendo una nueva oportunidad.
No desde la exigencia.
Desde la conciencia.
Doris Molina