Doris Molina / Con Sentido

Doris Molina / Con Sentido Lo que la vida me ha enseñado.. lo comparto contigo. Este espacio nace desde el alma, para compartir reflexiones, vivencias y mensajes que acompañen.

Cada publicación tiene intención. Cada mensaje, un propósito. Con Sentido no es solo un nombre, es una forma de mirar, crear y habitar la vida. Gracias por estar aquí.

A la altura de la amistadLa amistad es uno de los pocos vínculos que elegimos. No venimos unidos por la sangre, no nos o...
15/09/2026

A la altura de la amistad

La amistad es uno de los pocos vínculos que elegimos. No venimos unidos por la sangre, no nos obliga un contrato ni nos retiene un apellido. Nos encontramos, nos reconocemos y, por alguna razón difícil de explicar, decidimos caminar juntos una parte de la vida.

Tal vez por eso duele tanto cuando una amistad se rompe. Porque no se pierde únicamente a una persona: también se pone en duda aquello que creíamos haber reconocido en ella.

Durante mucho tiempo se nos enseñó que conservar amigos era una virtud en sí misma. Como si la cantidad de años pudiera certificar la calidad de un vínculo. Como si alejarse fuera siempre señal de intolerancia, orgullo o incapacidad para perdonar. Pero el tiempo no vuelve verdadero lo que dejó de serlo. Algunas relaciones envejecen con nosotros; otras solamente acumulan antigüedad.

La amistad verdadera ocurre en un plano horizontal. Nadie está por encima y nadie debe aceptar quedar por debajo. No necesita humillaciones disfrazadas de bromas, silencios utilizados como castigo ni pequeñas deslealtades que después se explican como malentendidos. Tampoco exige que una persona se haga pequeña para que la otra pueda sentirse grande.

Esto no significa esperar perfección. Los amigos se equivocan, decepcionan, atraviesan temporadas difíciles y alguna vez hieren. Nosotros también. Una amistad profunda no es aquella donde nunca ocurre una fractura, sino aquella en la que todavía existe verdad para nombrarla, humildad para asumirla y afecto suficiente para intentar repararla.

Pero reparar requiere algo más que palabras. Requiere responsabilidad.

Comprender las razones de alguien no obliga a justificar lo que hizo. Perdonar no siempre significa restituirle el mismo lugar. Podemos dejar de cargar resentimiento y, al mismo tiempo, reconocer que una puerta ya no debe permanecer abierta. El perdón libera el corazón; no necesariamente devuelve las llaves.

Juzgar el alma de otra persona no nos corresponde; esa silla está reservada para Dios. Pero renunciar a la condena no implica renunciar al discernimiento. Es posible reconocer que una conducta resulta dañina y decidir qué lugar puede ocupar ese vínculo en la propia vida.

Esa distinción es importante.

La dureza levanta muros para no sentir; la firmeza, en cambio, puede atravesar el dolor, llorar una pérdida y comprender las limitaciones del otro sin traicionarse. No busca castigar: reconoce un límite y lo sostiene. Lejos de creerse superior, no acepta relaciones que menoscaben su dignidad.

También elegimos con cuidado nuestras amistades porque toda cercanía deja huella. Poco a poco adoptamos palabras, silencios, maneras de mirar el mundo y formas de tratarnos a nosotros mismos. Hay personas junto a las cuales nuestra voz se expande; sin embargo, junto a otras comenzamos a dudar de ella. Algunas presencias nos recuerdan quiénes somos. Otras nos acostumbran a pedir disculpas por serlo.

Elegir bien no es egoísmo. Es conciencia.

Quizá madurar consista también en dejar de llamar amistad a toda cercanía y reconocer que no toda presencia nos hace bien. A veces, la soledad puede ser mucho más honesta que una mesa llena en la que debemos vigilar cada palabra.

Una amistad digna no exige coincidencia absoluta. Puede sostener diferencias, desacuerdos e incluso momentos de distancia. Lo que no puede sostener indefinidamente es la falta de respeto, porque donde desaparece la dignidad compartida, la amistad pierde su altura.

Al final, no se trata de acumular personas ni de exhibir lealtades antiguas. Se trata de mirar con honestidad a quienes hemos dejado entrar en los espacios más delicados de nuestra vida.


La dignidad como límiteHay momentos en los que una no está enojada. Está cansada.Cansada de levantarse esperando escucha...
06/08/2026

La dignidad como límite

Hay momentos en los que una no está enojada. Está cansada.

Cansada de levantarse esperando escuchar cómo vamos a resolver los problemas que verdaderamente importan y encontrarse, una vez más, con una conversación pública degradada por el insulto y la descalificación, como si humillar al adversario tuviera más valor que construir un buen argumento.

Esta vez fue un “se hace la tontita”.
Y no está bien.

No porque la destinataria sea el presidente de la República, ni porque se coincida o no con ella. Tampoco importa, para efectos de esta reflexión, la filiación política de quien pronunció esas palabras.

Está mal por una razón mucho más elemental: la dignidad de un ser humano no puede estar sometida a nuestras simpatías políticas.

Una democracia vigorosa necesita una oposición firme, capaz de cuestionar al Ejecutivo, señalar contradicciones y exigir cuentas. Fiscalizar al poder no es una concesión; es una de las responsabilidades esenciales de quienes ocupan una curul. Y esa tarea puede —a veces debe— resultar incómoda.

Pero existe una diferencia sustancial entre confrontar una idea y disminuir a una persona.
Decir que alguien se equivoca, que evade una responsabilidad, que falta a la verdad o que aparenta desconocer aquello que debería conocer pertenece al terreno del argumento político.

Son afirmaciones que pueden sostenerse, discutirse y refutarse.

“Tontita” pertenece a otro terreno.

El diminutivo no vuelve inocente la expresión. Introduce una forma de menosprecio que infantiliza y reduce a quien la recibe. Cuando el lenguaje deja de cuestionar la conducta para empequeñecer a la persona, la discusión pierde altura y el argumento, lejos de fortalecerse, se debilita.

Hay además una circunstancia que no debería pasar inadvertida: quien habla desde una curul no lo hace únicamente como ciudadano particular.

Es un diputado de la República.
Fue elegido para representar al pueblo costarricense y ejerce una función pública financiada por ese mismo pueblo, incluidos quienes jamás le darían su voto. La investidura no lo convierte en una persona superior; le impone, precisamente, una responsabilidad mayor. Sus palabras tienen una dimensión institucional que no poseen las pronunciadas en la privacidad de una conversación.

El poder —también el poder legislativo— debería exigir mayor contención, no conceder licencia para una menor.

Todos podemos equivocarnos, excedernos y pronunciar palabras que después reconocemos como impropias. Una sociedad incapaz de aceptar el arrepentimiento y la rectificación sería tan poco razonable como aquella que normaliza la ofensa.

Pero una disculpa adquiere sentido cuando expresa conciencia de lo ocurrido y voluntad de no repetirlo. Si pocos días después de ofrecerla se incurre nuevamente en una expresión irrespetuosa hacia la misma persona, es legítimo preguntarse si seguimos ante un error aislado o si estamos frente a una conducta que comienza a reiterarse.

Advertirlo no es condenar a nadie. Ignorarlo tampoco es prudencia.

Y es justamente en ese punto donde el episodio deja de pertenecer a dos figuras políticas y empieza a interpelarnos a todos.

Defender la dignidad de quienes queremos resulta sencillo. La verdadera prueba aparece cuando quien recibe la ofensa representa ideas que rechazamos, pertenece a un grupo político contrario al nuestro o es, sencillamente, alguien por quien no sentimos simpatía.

Ahí se mide la consistencia de nuestros principios.

Por eso incomoda tanto la solidaridad selectiva. La sororidad, por ejemplo, pierde sentido cuando solo aparece frente a la mujer con la que compartimos afinidades y se desvanece ante aquella que consideramos adversaria. De igual manera, nuestra defensa del respeto pierde legitimidad si condenamos en el contrario aquello que explicamos, relativizamos o disculpamos cuando proviene de los nuestros.
No se trata de exigir adhesiones automáticas. Se trata de algo bastante más serio: coherencia ética.

Un principio que depende de quién está delante deja de ser un principio. Se convierte en conveniencia.

Sería injusto, sin embargo, presentar el deterioro del debate público como patrimonio de una agrupación política. Lo hemos visto desde distintas posiciones y bajo distintos gobiernos. Cambian los protagonistas, pero permanece una dinámica preocupante: la ofensa de hoy encuentra justificación en la de ayer, y la de mañana encontrará seguramente excusa en ambas.

Así terminamos convirtiendo la excepción en costumbre y la costumbre en cultura.

Mientras tanto, el país espera.

Quizá sea eso lo que produce mayor cansancio. Costa Rica no elige diputados para asistir a una competencia de descalificaciones. Los elige para legislar, fiscalizar y representar.
Sin embargo, demasiada energía pública termina consumida en agravios que nada aportan a la solución de los problemas que condicionan nuestra vida cotidiana.

Los cuatro años pasan. Y mientras pasan, el país continúa necesitando respuestas.
No necesitamos una Asamblea Legislativa dócil ni una oposición silenciosa. Una democracia sana requiere representantes dispuestos a incomodar al poder, formular preguntas difíciles y sostener posiciones profundamente distintas.

Pero la vehemencia no exige humillación, ni la firmeza necesita desprecio. La capacidad de fiscalizar tampoco aumenta cuando disminuimos al ser humano que tenemos enfrente.

Podemos considerar equivocadas las ideas de alguien, reprochables sus decisiones e incluso dañinas sus actuaciones. Podemos no admirarlo y jamás entregarle nuestro voto. Nada de eso nos concede el derecho de menoscabar su dignidad.

Y esa regla debe funcionar en todas las direcciones.

Si mañana la ofensa cambia de destinatario, el principio no debería cambiar con ella. Poco importa si quien la recibe pertenece al Gobierno o a la oposición, si piensa como nosotros o representa justamente aquello que combatimos.

De lo contrario, no estaremos defendiendo valores. Estaremos defendiendo bandos.

Tal vez uno de los mayores daños que podemos hacerle a nuestra convivencia democrática sea acostumbrarnos. Aceptar que el insulto forma parte natural de la política, que la humillación es consecuencia inevitable de una discusión apasionada o que quien ocupa un cargo público debe resignarse a recibirla.
No debería ser así.

Quien entra en política debe someterse al escrutinio, soportar la crítica y rendir cuentas por sus decisiones. Es parte de la responsabilidad que libremente asumió.

Pero no renunció por ello a su condición humana. Por eso esta reflexión no pretende defender al presidente de la República ni condenar a un diputado. Pretende defender algo anterior y superior a ambos: la convicción de que ninguna diferencia política, ideológica o personal nos concede licencia para disminuir al otro.

La crítica política puede ser implacable y la fiscalización rigurosa. La oposición tiene el deber de incomodar al poder y el poder, la obligación de responder.
Pero la humillación no es control político.
El insulto no es argumento.
La dignidad es el límite.

No porque seamos iguales en nuestras ideas, sino precisamente porque nunca lo seremos.
Y aprender a convivir con esa diferencia sin disminuir la humanidad del otro quizá sea una de las formas más elementales —y más difíciles— de vivir en democracia.

“El talento no puede convertirse en excusa”Un campeón no solo levanta una copa. También levanta una generación.El deport...
21/07/2026

“El talento no puede convertirse en excusa”

Un campeón no solo levanta una copa. También levanta una generación.

El deporte tiene una magia que pocas cosas poseen: logra que millones de niños imiten un mismo gesto. Celebran igual, hablan igual, sueñan igual. Por eso, cuando una persona alcanza la cima de cualquier disciplina, deja de competir únicamente por un trofeo; comienza, quiera o no, a enseñar con cada acción.

Ser campeón es ganar. Eso nadie puede discutirlo. Pero ser un referente es otra cosa.

Vivimos en una época en la que, en ocasiones, el talento parece tener el poder de justificar conductas que, en cualquier otra persona, cuestionaríamos sin dudar. No debería ser así.

Admirar una habilidad no nos obliga a justificar un comportamiento. Aplaudir una actuación extraordinaria no significa cerrar los ojos ante una actitud que no quisiéramos ver repetida por nuestros hijos.

El talento es un regalo. Los valores son una elección.

Y es precisamente cuando una persona alcanza la cima, cuando millones de niños la observan, que esa elección adquiere un peso aún mayor. Porque los niños no solo aprenden una técnica; aprenden a reaccionar, a respetar, a perder, a ganar y a tratar a los demás.

No escribo esto pensando en una persona en particular. Las personas pasan. Los principios permanecen.

Lo que me preocupa no es un nombre, un equipo o un deporte. Me preocupa que, poco a poco, lleguemos a normalizar conductas simplemente porque quien las realiza posee un talento extraordinario.

La historia está llena de personas brillantes. Pero las sociedades no se construyen únicamente admirando el talento; se construyen honrando los valores que deciden preservar.

Los trofeos terminan en vitrinas. Los récords, tarde o temprano, son superados. El ejemplo, en cambio, permanece en quienes lo recibieron.

El talento merece admiración. La integridad merece imitación.

Quizá la pregunta no sea quién es el mejor del mundo. Quizá la verdadera pregunta sea: ¿qué queremos celebrar en quienes nuestros hijos llaman «campeones»: únicamente su talento, o también los valores con los que eligen vivir?

Porque el talento puede abrirles las puertas del éxito, pero serán sus valores los que definan el legado que dejen cuando los aplausos se apaguen.





Lo que también sostiene la PascuaVivimos en un mundo que nos empuja a un ritmo constante.El tiempo se diluye entre días,...
31/03/2026

Lo que también sostiene la Pascua

Vivimos en un mundo que nos empuja a un ritmo constante.
El tiempo se diluye entre días, semanas y años… y avanzamos casi sin notarlo.

Y en ese tránsito, algo esencial se va quedando atrás: la capacidad de detenernos.

Falta ese instante de calma.
Ese pequeño espacio donde simplemente se pueda estar, sin exigencias, sin prisa.

Entonces aparece una pausa en el calendario. No siempre es buscada. A veces, ni siquiera se comprende del todo.

Pero llega, discreta… como una invitación que no interrumpe, solo se ofrece.

Mientras afuera todo se llena de movimiento —planes, viajes, ruido—, adentro se abre otra posibilidad: recogerse. Volver.

Volver a lo sencillo.
A una conversación sin urgencia.
Al silencio que acompaña. A ese lugar interno donde no hace falta sostener ninguna apariencia.

Hay algo profundamente humano en eso. En acompañarse, en reconocer lo que sí está, incluso cuando no todo encaja.

Quizá no haga falta algo extraordinario. Más bien, podría tratarse de soltar el exceso.

De permitir que el tiempo no se escape sin haber sido vivido.

Porque, más allá de cualquier fecha, siempre existe la posibilidad de comenzar de nuevo.
No como un gesto
grandilocuente… sino como un movimiento íntimo.

Casi imperceptible.

Como quien respira… y decide, por un momento, quedarse.

Y tal vez por eso la Pascua —más allá de cómo cada quien la entienda— ha logrado sostenerse en el tiempo:
Porque toca algo profundamente humano.

La posibilidad de renacer. De soltar lo que pesa. De volver a empezar.

Quizá, en medio de estos días que muchos viven hacia afuera, valga la pena mirar hacia adentro…
Y preguntarse qué está pidiendo una nueva oportunidad.

No desde la exigencia.
Desde la conciencia.

Doris Molina

El viaje de los Reyes MagosHay viajes que no comienzan con una decisión firme, sino con una leve incomodidad. Esa sensac...
06/01/2026

El viaje de los Reyes Magos

Hay viajes que no comienzan con una decisión firme, sino con una leve incomodidad. Esa sensación de que quedarse pesa más que avanzar, aun sin saber hacia dónde.

Así puede leerse el camino de los Reyes Magos. No como una gesta heroica, sino como un gesto profundamente humano. Tres hombres que eligieron no cerrarse. Que no despreciaron una señal pequeña. Que no se refugiaron en la ironía cuando lo sencillo habría sido no creer.

Avanzaron sin garantías. Y en ese movimiento discreto hay algo que todavía conmueve: a veces la fe no se declara, se vive. No en grandes palabras, sino en la elección íntima de no endurecerse.

Al llegar, no encontraron poder. Encontraron fragilidad. Y frente a eso inclinaron la cabeza. No por costumbre, sino por comprensión. Porque hay momentos en los que la verdadera sabiduría no alza la voz: guarda silencio.

Tal vez por eso el viaje de los Reyes no se recuerda por la distancia recorrida, sino por la transformación que implicó. Salieron como hombres seguros de su saber. Llegaron como hombres capaces de reconocer que no todo se comprende, pero mucho se honra. Y en ese tránsito dejaron una enseñanza que todavía pesa: no se camina solo para encontrar algo, también se camina para convertirse en alguien distinto.

27/12/2025

Antes de empezar el año

El cambio de año suele venir cargado de una expectativa silenciosa: la de tener claridad. Como si al cerrar una fecha también debiera ordenarse la vida.

Se habla de comienzos con una ligereza que no siempre considera el trayecto, ni el desgaste que quedó adherido al cuerpo.

No todo lo que no ocurrió fue un error. Hay movimientos que no se dieron porque la energía estaba puesta en otra parte, en sostener, adaptarse y no perder el equilibrio.

Hay años que no permiten grandes giros; apenas piden mantenerse.

La idea de proponerse más suele nacer de una exigencia poco amable. Cambiar se vuelve una obligación, no una consecuencia.

Y en ese impulso se pierde de vista algo esencial: no siempre es tiempo de empujar, a veces es tiempo de dejar de hacerlo.

Cerrar un año puede ser un gesto más íntimo. Reconocer lo vivido sin corregirlo. Aceptar que no todo se resolvió y que, aun así, algo se sostuvo.

Hay cierres que no celebran, pero alivian.

Los comienzos tampoco responden al calendario. Llegan cuando el cuerpo baja la guardia, el ruido cede y mirarse deja de doler.
Son discretos, casi imperceptibles, pero cambian la forma de estar.

Quizás este fin de año no pida promesas. Quizás pida cuidado. Continuar sin violencia. Permanecer sin exigirse ser distinto.

A veces avanzar no es transformarse, sino habitarse con un poco más de verdad.

Ojalá el próximo año se parezca menos a una prueba y más a un lugar donde quedarse.

No todas las verdades buscan convencer. Algunas solo quieren quedarse un rato, hacer silencio,y acompañar.Estas reflexio...
25/12/2025

No todas las verdades buscan convencer. Algunas solo quieren quedarse un rato, hacer silencio,
y acompañar.

Estas reflexiones nacieron para caminar diciembre con más atención, humanidad y cuidado.

Si alguna palabra se quedó contigo, si alguna noche fue un poco menos sola, si alguna luz —por pequeña que fuera— te ayudó a seguir… entonces valió la pena.

La Navidad no termina aquí.
Solo cambia de forma.
Y sigue naciendo, cada vez que alguien elige cuidar, esperar,
acompañar.
Feliz Navidad!









Verdad 24 — Lo que nace para traer luz no llega como uno esperaLa humanidad esperaba un rey.Llegó un niño.Esperaba poder...
24/12/2025

Verdad 24 — Lo que nace para traer luz no llega como uno espera

La humanidad esperaba un rey.
Llegó un niño.

Esperaba poder que ordenara el mundo desde arriba.
Llegó una vida frágil que pidió brazos, calor y cuidado.

La Navidad no confirma las expectativas humanas: las transforma.
La luz no siempre entra como victoria ni como respuesta inmediata.

A veces llega pequeña, silenciosa, casi desapercibida.
Y, sin embargo, es suficiente.

El nacimiento de Jesús revela una esperanza distinta.
No llega para dominar ni para borrar la oscuridad, sino para acompañarla desde dentro.

No promete caminos fáciles,
pero sí una certeza honda:
que nada tendrá que vivirse en soledad.

La vida responde a su manera.
Más suave de lo que pedimos,
más humana de lo que imaginamos, más fiel de lo que, incluso, nos atrevíamos a esperar.

Lo que nace así no deslumbra por un instante.
Ilumina despacio.
Se queda.
Y desde ahí,
lo cambia todo.









La noche que sostiene lo que está por nacerEsta no es una noche cualquiera.Es una noche en la que todo está contenido.Na...
24/12/2025

La noche que sostiene lo que está por nacer

Esta no es una noche cualquiera.
Es una noche en la que todo está contenido.

Nada ha ocurrido aún, pero todo está en su lugar. El cuerpo cansado, la historia sin resolver,
la promesa intacta.

La Navidad no empieza con un nacimiento, empieza aquí:
en esta espera silenciosa
donde no se entiende nada del todo y, aun así, algo se confía.

Hay noches así en la vida.
No traen respuestas, no alivian de inmediato, ni anuncian con claridad.

Solo sostienen.

Y ese sostener —aunque no se note— ya es parte del milagro.









Día 22 — La luz que guía incluso cuando uno dudaLos magos siguieron una estrella que no siempre brillaba igual.Hubo noch...
23/12/2025

Día 22 — La luz que guía incluso cuando uno duda

Los magos siguieron una estrella que no siempre brillaba igual.
Hubo noches cerradas, pasos inseguros, momentos en los que el camino parecía borrarse.

La Navidad no promete claridad constante. Reconoce la duda,
el cansancio de avanzar sin mapas, la tentación de detenerse cuando la luz parece lejana.

Y, sin embargo, la luz seguía ahí.

No como respuesta definitiva,
sino como dirección suficiente.
No para dominar el trayecto,
sino para sostener el movimiento.

El nacimiento de Jesús recuerda que la guía verdadera no se apaga cuando dudamos.
A veces se vuelve más tenue,
no para perdernos, sino para afinarnos la mirada, para enseñarnos a confiar en el paso siguiente aunque no veamos todo el camino.









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