27/10/2025
RigoMania
El lugar de tus sueños
27/10/2025
10/04/2025
La Perra Vida
En el cielo hacía buen clima. Ni frío, ni calor. A veces llovía poesía, otras veces caía silencio. El escritor —cuya vida en la Tierra había sido una tragicomedia de cafés amargos, críticas feroces y rechazos editoriales— pasaba sus días recostado en una nube deshilachada, leyendo a otros mu***os ilustres y bebiendo vino que no emborrachaba pero sabía exactamente igual al de cartón que tomaba en vida.
Una mañana —si es que allá existía eso de las mañanas— Dios se le acercó con las manos en los bolsillos de una túnica arrugada.
—Mirá, quiero que regresés al mundo —le dijo, como quien invita a un exalcohólico a una fiesta.
—¿Y eso?
—Tus libros... están haciendo escándalo allá abajo. Sos un genio. Por fin.
El escritor soltó una carcajada que retumbó en las nubes. Se limpió una lágrima con el dorso de la mano, aunque en el cielo las lágrimas no caen, flotan un rato y luego desaparecen.
—¿Y cómo querés volver? —preguntó Dios.
El escritor lo pensó unos segundos.
—Como perro. Así me trataron. Así quiero ver el circo.
—¿Estás seguro?
—Más que nunca.
Y sin más, ¡pah!, la nube explotó como una bomba silenciosa y el escritor cayó a la Tierra convertido en un perro flaco, sucio, de orejas rotas y mirada triste. La clase de perro que la gente esquiva en las esquinas porque les recuerda demasiado a sí mismos.
Despertó en una banqueta, frente a una librería brillante en el centro de su antigua ciudad. En el escaparate, una montaña de sus libros. Portadas con su nombre en letras doradas. "El Genio Olvidado". "El Cronista del Dolor". "La Voz del Pueblo Despreciado". Hasta una biografía escrita por un tipo que nunca lo conoció pero aseguraba haberlo amado desde siempre...
Intentó entrar. El guardia lo espantó con un palo.
—¡Fuera, chucho sarnoso!
Se quedó tirado en la acera viendo a un grupo de jóvenes que discutían sobre el simbolismo oculto en Los que lloran con las manos. Uno de ellos citó una frase suya, sin saber que el autor le olfateaba los zapatos.
Pasó por su antigua casa. Ahora era una fonda vegana. En la fachada, una placa: Aquí vivió y sufrió el gran escritor ma***to. Le dieron una patada por hurgar en la basura.
Anduvo por la ciudad: vio su rostro en camisetas, en grafitis, en murales. Escuchó cómo lo nombraban en universidades, cómo los críticos que antes lo llamaban "oscuro", "vulgar" o "irresponsable" ahora lo catalogaban como "visionario" y "necesario". En ninguno de los artículos, reseñas o conferencias alguien decía: “Nos equivocamos”. Nadie admitía haberlo ignorado. Y en la calle, seguía siendo un perro, sin comida ni techo, sin aplausos, sin caricias.
Un día, una niña le ofreció pan. Le sonrió. Fue el único momento cálido. Luego la madre la regañó por tocar "ese animal".
Después de semanas de andar oliendo desechos y soportando patadas que no merecía —como antes—, el escritor miró al cielo, cerró los ojos y susurró:
—Ya estuvo.
Volvió al cielo con olor a tierra, con hambre en los huesos y una lágrima verdadera pegada en la oreja.
Dios lo esperaba en su nube.
—¿Y bien?
—Qué cosa más absurda son los humanos —dijo el escritor, recostándose de nuevo como si nunca se hubiera ido—. Antes te aborrecen. Después te veneran. Pero si resucitás, te escupen otra vez. Es como si sólo supieran amar lo mu**to.
Dios le sirvió una copa de ese vino que no emborracha, pero relaja.
—Y vos, ¿volverías?
El escritor se rió con un gruñido canino.
—Sólo si puedo volver como cucaracha. A ver si esta vez me pisan de una vez por todas.
Dios soltó una carcajada celestial. Luego llovió un poco. Pero no era lluvia. Eran palabras sueltas.
Y el escritor, como buen ma***to, empezó a recogerlas. Las fue hilando una por una, tejiendo versos de poesía retorcida y hermosa. Como la vida. Como él.
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27/04/2025
04/12/2024