03/09/2026
Explicar menos, pensar más.
El docente Pedro llega al aula, saluda a los estudiantes, verifica la asistencia y escribe en el tablero el título de la clase: Casos de factorización. Sin más preámbulo, inicia la explicación del primer caso.
Concentrado en su exposición, desarrolla paso a paso el procedimiento, convencido de que la claridad de su explicación será suficiente para garantizar el aprendizaje.
Mientras tanto, en la penúltima fila, Lucas desliza un video tras otro en su teléfono. Ana y César observan la pantalla con evidente diversión. Es la primera hora de la jornada; el sueño, el cansancio y el desinterés se hacen evidentes en buena parte del grupo.
Aunque el docente continúa explicando, la atención de muchos estudiantes ya no está en la clase.
Al finalizar la ejemplificación, Pedro propone una serie de ejercicios para resolver. En ese momento comienza el proceso cognitivo esperado: quienes lograron seguir la explicación recuerdan los procedimientos, interpretan la información y aplican lo aprendido, transitando por los niveles cognitivos descritos en la Taxonomía de Bloom.
Sin embargo, pocos minutos después, la mayor parte del grupo vuelve a levantar la mano con la misma petición: "Profesor, ¿puede explicarlo otra vez?". Entonces, el ciclo se repite.
El docente regresa al tablero, desarrolla nuevamente el procedimiento y reinicia la explicación. La única diferencia es que, esta vez, el saludo inicial ya no hace parte de la rutina.
Ante este escenario surge una pregunta inevitable: ¿cómo podemos garantizar que la atención de los estudiantes se mantenga durante la explicación?
La respuesta no está en explicar más veces el mismo procedimiento, sino en transformar la estructura de la clase para convertir al estudiante en un participante activo del proceso de aprendizaje. Pequeños cambios en la planificación pueden generar grandes diferencias en la forma en que los estudiantes se involucran, comprenden y construyen el conocimiento.
1. Un inicio que despierte la curiosidad
Los primeros minutos de la clase son decisivos para captar la atención. En lugar de iniciar con una explicación magistral, es posible incorporar actividades disruptivas que activen el interés y preparen el cerebro para aprender. Algunas alternativas son:
Percusión corporal.
Juegos de memoria.
Retos matemáticos.
Rompecabezas o desafíos que permitan descubrir el tema de la clase.
2. Un desarrollo que invite a pensar
En lugar de presentar directamente los conceptos, el docente puede propiciar la reflexión mediante preguntas que despierten el pensamiento y la necesidad de encontrar respuestas. Por ejemplo:
¿Qué entienden por factorizar?
¿Qué creen que significa expresar una expresión algebraica como producto de factores?
¿Cómo podrían comprobar si su idea es correcta?
A partir de estas preguntas, los estudiantes formulan hipótesis que posteriormente son demostradas o refutadas durante la explicación del tema. Este proceso puede enriquecerse con espacios de discusión y debate, donde las diferentes ideas sean argumentadas y contrastadas, favoreciendo una comprensión más profunda de los conceptos.
3. Un cierre que trascienda la clase
El cierre no debería limitarse a resumir lo explicado. Además de recordar las ideas fundamentales, es importante dejar abiertas nuevas posibilidades de aprendizaje. Una estrategia consiste en invitar a cada estudiante a formular una pregunta surgida durante la clase y asumir el compromiso de investigarla antes del siguiente encuentro.
De esta manera, la experiencia de aprendizaje no termina cuando suena el timbre. Por el contrario, se extiende más allá del aula y promueve la curiosidad, la autonomía y el pensamiento crítico.
Con una estructura como esta, la clase deja de centrarse únicamente en la transmisión de información y pasa a movilizar procesos cognitivos de mayor complejidad. Los estudiantes no solo recuerdan y aplican procedimientos, sino que también analizan, evalúan, argumentan, crean y construyen conocimiento, alcanzando los niveles superiores de la Taxonomía de Bloom.