30/10/2025
Preciosa y triste historia
Yarima es una mujer Yanomami que nació en la selva amazónica de Venezuela, en un entorno donde la vida se mide por los ciclos de la tierra, el canto de los pájaros y la memoria oral de los ancestros. Su infancia transcurrió entre rituales, cosechas y vínculos comunitarios que no conocen relojes ni fronteras. Pero su historia tomó un giro inesperado cuando conoció a Kenneth Good, un antropólogo estadounidense que convivió con los Yanomami durante años. Se casaron, y él decidió llevarla a vivir a Estados Unidos.
Ese traslado fue más que un viaje: fue una ruptura. Yarima dejó atrás su lengua, su ritmo, su selva. En Estados Unidos, enfrentó un choque cultural profundo. El ruido, la velocidad, las costumbres ajenas, la soledad. Su cuerpo estaba presente, pero su alma seguía en el Amazonas. La adaptación no fue posible.
En una de sus visitas al Amazonas, Yarima tomó una decisión definitiva: no volvería a Estados Unidos. El regreso a su tierra no fue una huida, sino una afirmación de identidad. Allí, entre su gente, volvió a respirar con libertad, a hablar su lengua, a caminar descalza sin sentirse extraña. Kenneth, entendiendo la profundidad de esa elección, regresó solo a Estados Unidos con sus hijos, incluyendo a David Good. Yarima se quedó en la selva, pero con el corazón dividido: eligió sus raíces, pero dejó atrás a sus hijos.
Separarse de ellos fue una herida que nunca cerró. Pero también fue un acto de amor: elegir el sacrificio para que ellos pudieran crecer. En la selva, Yarima volvió a ser ella misma, pero con la ausencia tatuada en el pecho.
En los años 90, se estrenó el documental _El regreso de Yarima_, donde ella narró en primera persona cómo fue vivir en Estados Unidos. Con voz pausada y mirada firme, contó lo que vio, lo que sintió, lo que no pudo comprender. Habló de los “nape”, como llama a los estadounidenses, y describió su mundo de máquinas, luces, horarios, supermercados, casas cerradas y silencios distintos. Cuando volvió al Amazonas, compartió con su comunidad lo que había vivido: cómo comen, cómo se visten, cómo se relacionan los nape. Su relato fue una forma de traducir lo incomprensible, de devolver a su gente una historia que parecía de otro planeta.
David, por su parte, creció desconectado de su madre y de su herencia Yanomami. Años después, emprendió un viaje hacia la selva para reencontrarse con ella. Ese encuentro fue transformador. Desde entonces, David ha trabajado por preservar la cultura Yanomami y reconstruir el vínculo con su madre.
Durante años, los problemas económicos y políticos de Venezuela dificultaron ese reencuentro. Pero David no se rindió. Y finalmente, lo logró: Yarima volvió a Estados Unidos. No como visitante, sino como protagonista. El documental _Wayumi_, estrenado recientemente, narra ese regreso. Yarima camina por tierras que una vez la confundieron, pero esta vez lo hace acompañada por su hijo, por su historia, y por el eco de su selva.
La historia de Yarima no es solo la de una mujer entre dos mundos. Es la historia de miles de personas que viven entre culturas, entre decisiones imposibles, entre el amor y la renuncia. Es una historia que nos obliga a mirar más allá de lo exótico, más allá del conflicto, y reconocer la dignidad de quienes transitan la frontera invisible entre pertenecer y sobrevivir.