05/03/2026
A veces me pregunto…
¿Cómo se evalúa a un alumno que no asiste?
¿Cómo se mide un aprendizaje que no estuvo?
¿Dónde termina la responsabilidad de la escuela y dónde empieza la de la familia?
Quienes trabajamos en educación sabemos que no se trata de falta de empatía. Si un estudiante está enfermo, si atraviesa una situación emocional compleja o enfrenta dificultades reales, claro que se apoya. La escuela está para acompañar.
Pero cuando simplemente no hay asistencia… cuando se cita, se llama, se envían recados, se documenta… y la respuesta es:
“Es que no quiere ir”,
entonces el tema deja de ser académico.
La Secretaría de Educación Pública establece lineamientos de evaluación. Pero ningún lineamiento sustituye la corresponsabilidad familiar. La educación es un trabajo compartido.
No podemos enseñar a quien no está.
No podemos evaluar lo que no se realizó.
No podemos generar evidencias donde no hubo proceso.
También es cierto que el sistema muchas veces presiona para acreditar, para “no afectar estadísticas”, para evitar conflictos. Y ahí es donde el docente se desgasta, porque siente que su trabajo pierde sentido.
Pero más allá del número en la boleta, la verdadera evaluación ocurre en la vida.
La constancia se aprende asistiendo.
La responsabilidad se forma cumpliendo.
El compromiso no se imprime en un acta: se practica.
Como escuela podemos agotar estrategias.
Como docentes podemos acompañar, insistir, orientar.
Pero no podemos sustituir la voluntad ni la responsabilidad que nace en casa.
Educar no es cargar solos.
Es caminar en conjunto.
Y cuando una parte no camina, el trayecto se vuelve cuesta arriba… pero la conciencia profesional nos obliga a actuar con ética, no con enojo.
Porque más que poner un número,
nuestro deber es sostener la dignidad del proceso educativo.