12/12/2025
CUANDO DICIEMBRE ES LA ESCUELA
Hace más de veinte años, en los recordados congresos de la Escuela Normal Superior Dr. Alejandro Carbó, Jesús Gimeno Sacristán dijo algo que muchos tomamos como un chiste provocador. Pero el tiempo, terminó dándole razón: si un alumno podía pasar nueve meses sin estudiar y aprobar todo en diciembre, entonces diciembre era la verdadera escuela y el resto del año, apenas un decorado. En ese momento se rieron algunos. Hoy, nadie se ríe.
La escena actual lo demuestra sin demasiadas vueltas. En las aulas hay chicos que van, que están, que ocupan la silla… pero no estudian. Y estudiar —aunque cueste decirlo en voz alta— es trabajo. Un trabajo que exige voluntad, pero también método, acompañamiento, claridad de rumbo. Meirieu lo dijo hace tiempo con una precisión que incomoda: “La escuela no puede renunciar a exigir trabajo; de lo contrario, fabrica la ilusión de éxito” . Y esa ilusión se volvió un refugio perfecto para todos: para los gobiernos que necesitan números, para las instituciones que prefieren paz antes que conflicto, para las familias agotadas que esperan que la escuela repare lo irreparable.
Ir a la escuela sin estudiar es como ir al gimnasio a charlar. El cuerpo estuvo ahí, sí, pero el músculo no creció. Tedesco, con su claridad habitual, lo había advertido: “La expansión de la escolaridad no garantiza la apropiación del conocimiento” . No alcanza con estar. Nunca alcanzó.
Mientras tanto, diciembre funciona como una especie de purgatorio laico donde todo se limpia, todo se perdona, todo se aprueba. Filmus y Seoane lo describieron bien: cuando las instancias compensatorias no exigen trabajo real, apenas administran el fracaso . Y los chicos lo entienden más rápido que nadie: si hay salvataje garantizado, ¿para qué remar desde marzo?
A esto se suma otra ironía: la escuela es proclamada —con emoción, con solemnidad, casi con un temblor patriótico— como “la verdadera justicia social”. Y sí, en algún plano lo es. O podría serlo. Pero cuando la institución se aleja de su centro —el conocimiento, la lectura, el esfuerzo, la transmisión cultural— la frase empieza a sonar hueca. Lo que debería ser un derecho se convierte en una suerte de ambulancia social, una institución que corre detrás de urgencias que no puede resolver y que nadie más quiere atender.
Ahí aparece la verdad incómoda que Dubet expresó sin rodeos: “La igualdad de oportunidades que la escuela promete es desmentida por el funcionamiento real del sistema escolar” (2004, p. 67). Y todavía más duro: “La escuela produce desigualdades mientras afirma luchar contra ellas” (p. 81).
Lo vemos todos los días. La escuela recibe chicos marcados por desigualdades de origen —económicas, culturales, emocionales— que la institución no creó y que tampoco puede borrar por sí sola. Llega donde el Estado se retiró. Remienda. Atenúa. Contiene. Pero no transforma lo suficiente, porque no tiene con qué.
Bourdieu lo explicó hace décadas: el sistema escolar reproduce las “herencias invisibles” que cada niño trae consigo, sin siquiera darse cuenta. ¿Cómo compite la escuela con esas trayectorias cuando le piden que nivele una montaña con una cucharita? Y, aun así, ahí está. Hace lo que puede. A veces, hace milagros. Pero la justicia social no puede descansar en milagros ni en voluntades heroicas.
Butler, desde otro territorio teórico, lo formuló de un modo que cae como una baldosa: “Lo que no sostiene sus condiciones de posibilidad, colapsa aun cuando sigue funcionando”.
La escuela sigue abierta. Pero cuando el estudio deja de ser condición, cuando el año entero se reduce a un examen final, la institución queda como un cascarón que aparenta solidez mientras se vacía por dentro.
Por eso la provocación de Gimeno Sacristán sigue viva, intacta, incómoda: si diciembre es la escuela, entonces todo el año es ficción. Y la educación no merece ser ficción.
Aprender es otra cosa. Es tiempo, conflicto, lectura, errores, esfuerzo. Todo eso que diciembre —ni las buenas intenciones, ni los discursos sobre justicia social sin condiciones reales— jamás podrán reemplazar.
[Texto de José Luis Lázaro]