07/06/2026
Cómo no sentirme así, si no puedo decir que me cambiaste la vida porque no conozco la vida sin vos. Si uno de mis primeros recuerdos es simular una especie de twist cantando Mi Perro Dinamita. O las vacaciones en Mar Azul con mi papá, cuando era apenas un par de casas y un único restó donde brillaba una rocola en la que a mis seis años puse una y otra vez Luzbelito y conocí, como un rayo en mi (pequeño) cuerpo, el misterio.
Cómo no sentirme así si habiendo crecido en un departamentito en Florencio Varela, ahí en donde no parece haber un vestigio de belleza, donde todo es ruido, olor y cemento, ahí mismo, salía el sol los domingos, sonaba lobo suelto y yo creía que dios era esa caricatura que veía en las tapas de los cancioneros, de un tipo pelado y con lentes.
Nos hizo sentir libres y vivos. Nos dió lo que todo pueblo humilde, desamparado y sin fe merece: implacable rocanrol. Nos dió la oscuridad a quienes ya vivíamos en ella y un ángel para atravesarla, para que tipos como mi papá, que salían a las 4 am a tomarse bondi-tren-bondi-tren llegaran, al final del día, a bailar ese twist.
Nos dejó un legado: conmover. Y salvarnos la vida una y otra y otra vez.
Hoy, atravesando la noche más oscura en la que una de las pocas cosas que puedo hacer es escribir, me recordas que vivir solo cuesta vida y me haces sentir, en mi corazón, la gratitud. Fuiste, sos y serás un bello milagro y estuvimos vivos para verlo.
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