02/07/2026
La sanación más profunda comienza con el perdón
El Evangelio nos presenta a un paralítico que es llevado hasta Jesús por la fe de quienes lo acompañan. Antes de devolverle la movilidad, el Señor pronuncia unas palabras que sorprenden a todos: «Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados». Con este gesto, Jesús revela que la mayor necesidad del ser humano no es solamente recuperar la salud física, sino reconciliarse con Dios. El pecado es la verdadera parálisis del corazón, porque nos impide amar plenamente, vivir en paz y experimentar la libertad de los hijos de Dios. Cristo tiene autoridad para sanar el cuerpo, pero, sobre todo, para restaurar el alma y devolvernos la dignidad que el pecado intenta arrebatarnos. Por eso, la Iglesia nos invita a acudir con frecuencia al sacramento de la Reconciliación, donde seguimos encontrando al mismo Jesús que perdona, levanta y da una vida nueva. El compromiso de hoy es revisar con sinceridad aquello que necesita ser sanado en nuestro interior, acercarnos al Señor con confianza y, como los amigos del paralítico, ayudar a otros a encontrarse con Cristo mediante nuestro testimonio, nuestra oración y nuestras obras de amor.
Nunca hay un corazón demasiado herido para la misericordia de Dios. Cuando dejamos que Jesús perdone nuestras faltas, también nos da la fuerza para levantarnos y caminar hacia una vida nueva. Su gracia siempre abre un camino de esperanza para quien confía en Él.