FUNDACIÓN CIUDAD DE VERA - JOSE LUIS GANORA ii

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FUNDACIÓN DEDICADA A LA PLANIFICACIÓN DE LA EDUCACIÓN DEL FUTURO, PARA EDUCADORES, TUTORES Y ALUMNOS...CON UNA VISIÓN HUMANISTICA Y CULTURAL DE LA PROBLEMATICA

La Fundación es continuadora de la Fundación Torres de Vera y Aragón, dedicándose exclusivamente a la investigación diagnosis y definición de la problemática educativa de futuro. Considerada desde el punto de vista social, evolutivo, cognitivo, pedagógico, de contenidos, y fundamentalmente partiendo desde una nueva teoría del conocimiento. Siempre integrando el conocimiento humanista al regional , de manera de crear un ámbito de intercambio internacional.

21/01/2026

Exigir en la escuela se ha vuelto casi una forma de rebeldía, porque el sistema educativo dejó de respaldar a quien no se presta al juego de pasar alumnos “como sea”. El comentario de una de nuestras compañeras que no habla de una anécdota personal ni de un pleito con un directivo; describe una realidad cada vez más común en el bachillerato y otros niveles: la exigencia estorba, la honestidad académica incomoda y la aprobación fácil se volvió la moneda de cambio.

Antes, un docente podía no caerle bien al director, no encajar en el molde, tener un estilo propio y aun así ser reconocido por su trabajo. Hoy eso ya no alcanza. El poder dentro de la escuela se ha reacomodado y, en muchos casos, se concentra en quienes garantizan que nadie repruebe, que nadie se queje y que los números salgan “bonitos”, aunque por dentro el aprendizaje esté vacío. La pregunta ya no es quién enseña mejor, sino quién genera menos problemas administrativos.

Y no, esto no va de directores malos y docentes buenos. Va de un sistema educativo que presiona a las escuelas para aprobar, no para enseñar. Va de políticas que miden éxito en porcentajes y no en procesos. Va de instituciones que, por miedo a perder matrícula, prestigio o estabilidad, prefieren bajar el nivel antes que sostener una exigencia real. En ese contexto, el docente que evalúa con criterio, que pide esfuerzo y que no negocia el aprendizaje termina siendo visto como el problema.

Lo más duro es que los estudiantes no son ajenos a esta lógica. Aprenden rápido. Si el sistema les muestra que pasar es fácil, que el esfuerzo no es necesario y que siempre habrá alguien dispuesto a “ayudarles” a aprobar, entonces actúan en consecuencia, porque están respondiendo a una escuela que se volvió un servicio de certificación más que un espacio de formación. Cuando decimos que “los alumnos compran ese servicio”, en realidad estamos diciendo que el sistema se los está vendiendo.

¿En qué momento normalizamos que enseñar de verdad sea un problema y aprobar sin aprendizaje sea una virtud institucional?

Gracias por compartir tu comentario, compañera.

Psicología Para Docentes

21/01/2026
31/12/2025

Hay una escena que se repite todos los días en miles de escuelas: carpetas ordenadas, planeaciones alineadas al formato oficial, evidencias impresas, fotografías bien encuadradas… y estudiantes que no entienden lo que supuestamente “aprendieron”. Esa escena tiene nombre: simulación pedagógica.

No se trata de docentes que no saben enseñar ni de maestros que “no quieren trabajar”. Se trata de un sistema que premia el cumplimiento administrativo por encima del aprendizaje real, y que empuja a simular para poder sobrevivir dentro de sus reglas.

La simulación pedagógica ocurre cuando el acto educativo se desplaza de su finalidad central (que alguien aprenda) hacia un objetivo secundario pero obligatorio: demostrar que se hizo algo. No importa tanto si el estudiante comprendió, avanzó o se apropió del conocimiento; lo que importa es que exista una evidencia que pueda ser revisada, sellada, subida a una plataforma o archivada.

Aquí aparece la primera gran contradicción: se exige al docente innovación, pensamiento crítico y atención a la diversidad, pero al mismo tiempo se le ata a formatos rígidos, tiempos irreales y criterios estandarizados. El mensaje implícito es claro: enseña como quieras, siempre y cuando lo que hagas quepa en el formato.

Desde la pedagogía, esto no es un asunto menor. Autores como Paulo Freire advirtieron que cuando la educación se vacía de sentido crítico, se convierte en un acto mecánico que reproduce desigualdades. Philippe Meirieu ha señalado que enseñar no es ejecutar procedimientos, sino crear condiciones para que otro aprenda, algo imposible de reducir a una lista de cotejo. Sin embargo, nuestras políticas educativas siguen apostando por la ilusión del control: medir, registrar, evidenciar.

En la práctica escolar, la simulación tiene efectos concretos. El docente invierte horas valiosas llenando formatos en lugar de planear experiencias significativas. El estudiante aprende a cumplir tareas sin comprender su propósito. La evaluación se vuelve un trámite que califica productos, no procesos. Y la escuela termina funcionando como un teatro donde todos actúan su papel para que el sistema pueda decir que “todo marcha bien”.

Social y políticamente, la simulación resulta funcional. Permite a las autoridades mostrar resultados, informes y estadísticas sin cuestionar las condiciones reales de las escuelas: grupos saturados, falta de materiales, contextos de pobreza, violencia o rezago acumulado. Cuando algo falla, el señalamiento es inmediato: el docente no planeó bien, no aplicó la estrategia correcta, no se actualizó.

Cargar toda la responsabilidad en el maestro es injusto, pero también estratégico. Invisibiliza decisiones estructurales y traslada el peso del fracaso educativo a quien está frente al grupo. Así, la simulación no es una desviación del sistema; es una consecuencia lógica de cómo está diseñado.

La equidad educativa también paga el costo. En contextos más vulnerables, donde el aprendizaje requiere mayor acompañamiento y flexibilidad, la presión por cumplir evidencias termina profundizando brechas. Se enseña para el archivo, no para el estudiante que más lo necesita.

Decir esto no es atacar a la escuela pública ni al magisterio. Al contrario: es defender la dignidad del trabajo docente y el derecho de los estudiantes a aprender con sentido. La pregunta incómoda (aunque necesaria) es si queremos seguir sosteniendo una educación basada en la apariencia o atrevernos a discutir lo que realmente ocurre en las aulas.

Este espacio existe gracias a una comunidad que valora el análisis educativo crítico. Si este tipo de reflexiones te resultan valiosas, apoyar con estrellas permite que sigan circulando ideas que ponen el foco donde debe estar: en la educación real, no en la simulada.

Porque quizá el primer paso para transformar la escuela no sea otro formato, sino atrevernos a nombrar lo que todos vemos y pocos dicen.

Abramos el debate con respeto. Aquí caben todas las miradas, siempre que estén dispuestas a dialogar, argumentar y evitar la descalificación personal. La educación se fortalece cuando pensamos juntos, no cuando nos atacamos.

Fuentes de información:

Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.

Meirieu, P. (2001). Aprender, sí. Pero ¿cómo? Octaedro.

Tardif, M. (2004). Los saberes del docente y su desarrollo profesional. Narcea.

Apple, M. W. (2012). Educación y poder. Paidós.

Fullan, M. (2016). La nueva cultura del cambio en educación. Octaedro.

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