26/11/2019
Una señora de unos 50 años, en la sala de espera de la veterinaria me cuenta que Luna (una hermosa cachorra de Border Collie de cinco meses marrón y blanca) es su primer perro. Estamos esperando nuestro turno. El veterinario está dentro del consultorio con un gato dolorido, según puedo escuchar. Yo, como casi siempre, estoy siendo acompañado por Pocho y Male, mis mesticitos fieles. Ella me cuenta que al principio no quería adquirir un cachorro, pero su hija de 22, que vive en la provincia le insistió para que lo hiciera, el marido de la señora falleció hace unos meses y la joven estima que para su mamá un perro sería una gran compañía. Yo sólo afirmaba con la cabeza y ella me seguía contando. Luna, en tanto, lanzaba algunos ladridos aleatorios, cortos, cachorrezcos, a absolutamente todo lo que había allí. Una pelota, una bolsa de alimento balanceado, otra bolsa de piedritas sanitarias, una correa colgando del gancho exhibidor que se movió con el vientecito del aire acondicionado. También le ladró a Pocho, que estaba sentado esperando a ser atendido con una paciencia arácnida (desconociendo el destino último de esas 4 largas uñas, que eran la razón por la cual estábamos en el veterinario). Me contaba que Luna rompía todo, mordía todo, y a todos. Habré enarcado las cejas sin querer porque se detuvo. ¿Qué? ¿Está mal? ¿No lo hacen todos los perros? Me preguntó. Mi respuesta no daba lugar a la confusión. No. No es normal que muerda a las personas. No es simpático ni es sano que no se corrija esa actitud indeseable. Le dio poca importancia. Me dijo que de eso se ocuparía su hija, que vendría a visitarla cada dos semanas y la llevaría al parque y a esas cosas. Me permití comentarle que soy adiestrador, que quizás, si ella o su hija quisieran, podría darles una mano en la crianza de Luna. Sólo se limitó a remarcar que su hija la ayudaría. Lamentablemente también enfatizó que sin falta cada dos semanas la hija viajaba a Buenos Aires para estar el fin de semana con Luna. Se abrió la puerta del consultorio y el gatito salió silencioso en su transportín. Era el turno de la señora. Me saludó y se fue. Luna se retiró siendo tirada de la correa por su humana.
Luna, si no se saliera del molde del típico ejemplar de su raza será infeliz. Ningún perro puede ir a jugar al parque sólo una vez cada quince días y menos que menos un Border Collie. Sabés qué les pasa? Se aburren. Se entristecen. No tanto quizás por la necesidad de drenar la energía a nivel físico, sino que necesitan desafíos mentales, juegos inteligentes, resolver problemas. Necesitan humanos inquietos, creativos, aventureros. Lamentablemente muchas personas asumen que un perro vale el otro. Suelo hacer la siguiente pregunta cada vez que comienzo un tratamiento de educación y adiestramiento: ¿Por qué un Bulldog francés? ¿Por qué un cachorro de Rottweiller? La respuesta fue siempre la misma: “porque me gusta”. Esto también coincidió siempre con que las razas de las que hablamos son las razas de moda. Si nunca tuviste un perro no debieras comenzar por una raza compleja. Ni siquiera con un cachorro. Si, de todas formas vas a comprar o adoptar a ese perro que te enamora lo mejor sería hacerte asesorar por alguien que te guíe en cuanto a la elección del cachorro y dadas las características de la raza, lo haga teniendo en cuenta dichas características. Y en cualquier caso deberías saber que no es un adorno, que no es un juguete, que no es un peluche. Todos los perros, como todas las personas, tienen un piso de ejercicio físico mínimo que deben respetar y que hace muy bien a la salud. Todos los perros, como todas las personas, necesitan estímulos intelectuales que les asegura una buena salud mental. Todos los perros, como todas las personas, necesitan una dieta equilibrada con los mejores nutrientes para g***r de una excelente salud física.
Para la dueña de Luna hubiera aconsejado quizás un mestizo adulto deseoso de un colchoncito y una familia, o un faldero, pequeño o mediano, de esos que con veinte minutos a la mañana y veinte a la noche están cubiertos. Esos que cuando uno viene invadido por la melancolía, en el sillón, cuando los recuerdos de los que no están se hacen presentes y dolorosos, de un salto se suben a nuestro regazo y como mágicamente nos invitan a acariciarlos. De pronto, el dolor se convierte en aceptación. La soledad se va y uno adivina en su mirada: “siempre voy a estar aquí”.
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